Comentarios y Análisis
El dominio terrestre: factor determinante en los conflictos de alta intensidad
Hay planteamientos que, debido a su conveniencia, se reiteran hasta llegar a ser percibidos como verdades. Uno de ellos sostiene que la tecnología ha transformado tan radicalmente la guerra que las grandes operaciones terrestres pertenecen al pasado; que los misiles y bombas de precisión, los drones y el ciberespacio han vuelto innecesario el control del terreno, y que la guerra del futuro se gana desde lejos, limpiamente, sin el costo brutal de desplegar soldados sobre el terreno. Si bien es una idea altamente atractiva y convincente, en lo esencial es incorrecta.
La guerra moderna depende de muchos factores y de la integración de distintos componentes, algo que los líderes han tenido a su disposición a través del tiempo. Sin embargo, también hay constantes que se mantienen inalterables. Lo que está ocurriendo en Ucrania y en Oriente Medio no deja mucho espacio para la ambigüedad, dado que, cuando los objetivos son de gran relevancia política y se encuentra en juego la supervivencia de un Estado, el control de un territorio o la imposición de una voluntad sobre otra, la guerra vuelve a la tierra. Así ha sido a lo largo de la historia, y hoy no es una excepción, al menos por ahora.
Ilusión y realidad en la guerra de alta intensidad
La operación Tormenta del Desierto, de 1991, con su despliegue de precisión guiada y superioridad aérea abrumadora, pareció inaugurar una nueva era. Kosovo, en 1999, sugirió su confirmación: bombardeos sin bajas propias, capitulación del adversario, victoria aparentemente quirúrgica. Libia, en 2011, fue otro acto de esa narrativa.
Lo que el entusiasmo tecnológico tendía a ignorar es que todos esos casos involucraron adversarios en condiciones muy específicas, con limitada capacidad de resistencia prolongada, sin una profundidad estratégica real y, en varios casos, con dinámicas políticas internas que ya habían debilitado su posición antes del primer misil. Desde luego, es importante recordar que en 1991 se desplegó una fuerza terrestre demoledora sobre Irak y que sobre la ex-Yugoslavia se cernía la amenaza concreta de una invasión terrestre. Lawrence Freedman lleva décadas advirtiendo sobre esto: la guerra es un instrumento político, no un ejercicio de ingeniería. El enemigo no capitula porque su radar fue destruido; capitula cuando percibe que sus opciones políticas se han agotado y que el costo de continuar es superior al de aceptar la derrota. Y esa percepción, casi siempre, requiere algo más que solo una campaña aérea o un bloqueo marítimo.
Este análisis no busca desconocer o disminuir el rol de los dominios que complementan lo terrestre —naval, aéreo, espacial y cibernético—, sino ponerlos en perspectiva. Por ejemplo, el poder aéreo posee una capacidad de degradación que ningún otro dominio iguala; puede destruir infraestructura, limitar la movilidad e interrumpir cadenas logísticas. Sin embargo, lo que no puede hacer por sí solo es controlar territorio, administrar población ni imponer un orden político nuevo. Para eso se necesita a alguien en el terreno. Por otro lado, un bloqueo marítimo puede tener devastadoras consecuencias para la economía del adversario e, incluso, para la economía global. Sin embargo, no necesariamente acarrea el quebrantamiento de la voluntad de lucha del Estado, al menos durante un período de días o semanas. Esta situación prolonga las operaciones, lo que conlleva potenciales costos económicos, políticos, reputacionales y militares propios, los cuales pueden resultar en la merma de la estrategia en sí misma.
El conflicto en Ucrania se ha transformado en la experiencia más costosa y exhaustiva de la guerra terrestre de alta intensidad en el siglo XXI. Jack Watling y Nick Reynolds, desde el Royal United Services Institute (RUSI), han llevado a cabo un análisis riguroso que evidencia cómo este conflicto ha reafirmado la importancia del dominio terrestre, lo cual resulta incómodo para aquellos que sostenían la primacía tecnológica.
Rusia tiene superioridad aérea y naval. Ha disparado miles de misiles y ha empleado incontables drones de largo alcance contra infraestructura civil. Sin embargo, no ha podido doblegar la voluntad de lucha del pueblo ucraniano. La razón es relativamente sencilla de comprender: no ha logrado controlar de manera sostenida el territorio que necesita para imponer sus objetivos políticos. Las líneas del frente se miden en metros ganados o perdidos a un costo devastador. En este costo, las maniobras ofensivas se han estrellado no solo contra la innovación ucraniana, sino contra la combinación de resistencia de infantería, artillería y blindados que defienden posiciones físicas y reales en el territorio, apoyados por ingenios tecnológicos que multiplican la eficacia de la maniobra y del combate en posición.
Ucrania, por su parte, ha demostrado algo igualmente instructivo desde el lado contrario. Ha degradado severamente la flota rusa en el mar Negro con medios relativamente modestos y, a su vez, ha impedido el uso del espacio aéreo mediante sistemas de defensa cada vez más sofisticados. Sin embargo, incluso esas victorias notables en otros dominios no han alterado el centro de gravedad del conflicto, que sigue estando en el control o la pérdida de territorios concretos: ciudades, carreteras, ríos y montañas. Lo demás, por relevante que sea, es complementario respecto de esa pregunta fundamental.
La integración de drones, inteligencia satelital y fuegos de precisión a largas distancias ha sido decisiva en Ucrania, pero su propósito central ha sido apoyar las operaciones que llevan adelante los soldados en un escenario de estrechez de medios humanos y materiales. La experiencia adquirida por aquellos que lideran y gestionan las operaciones sugiere que la intención no es sustituirlas; esta distinción es relevante.
El reciente conflicto en Oriente Medio añade otro caso que contribuye al análisis. Décadas de campañas aéreas contra actores estatales y no estatales en la región han producido resultados tácticos reales: arsenales destruidos, redes de mando degradadas, liderazgos eliminados. Lo que no han generado de manera sostenida es el colapso político que se buscaba.
El caso iraní es paradigmático. Pese a recibir ataques reiterados sobre sus instalaciones nucleares, su infraestructura militar y su cadena de mando, el régimen ha mantenido su capacidad de operar, influir en la región y conservar el control interno. La razón es más bien estructural, vinculada a la presencia de fuerzas en el territorio, redes de influencia en países vecinos y un severo control sobre la población, que confieren una resiliencia que el fuego de precisión, por intenso que sea, no alcanza a desarticular completamente. Todo esto, sin considerar el costo económico que esfuerzos ofensivos de esta naturaleza significan y que pocas potencias —quizás solo Estados Unidos— son capaces de sostener en el tiempo.
Lo mismo ocurre en el espacio marítimo. La destrucción o degradación de una marina de guerra convencional no ha impedido que actores con capacidades asimétricas —misiles antibuques, drones navales, minas, control costero— amenacen rutas críticas, como el estrecho de Ormuz o el mar Rojo. El dominio del mar no solo se decide en el océano, sino también en la costa, en los puertos, en los corredores terrestres donde se controlan esas aguas. Sin fuerzas en terreno que aseguren esos puntos, el dominio naval se debilita. Después de meses de operaciones y con el mayor despliegue militar estadounidense en Oriente Medio en años, el paso de buques mercantes sigue restringido en el golfo Pérsico. Ni la marina más poderosa del mundo ha podido levantar ese bloqueo.
Franz-Stefan Gady, analista y asesor experto en defensa, ha subrayado algo que a menudo se pasa por alto en los análisis enfocados en tecnología: el carácter acumulativo de la guerra terrestre. Los efectos estratégicos no provienen de un golpe único y decisivo, sino de campañas sostenidas de enfrentamiento que erosionan la voluntad y la capacidad del adversario, mientras se consolida el propio control.
Atributos propios de las fuerzas terrestres
Hay funciones que ningún otro dominio puede cumplir. Las fuerzas terrestres —lo que no se limita exclusivamente a los ejércitos— controlan territorio de manera efectiva y sostenida, aseguran nodos de infraestructura, administran poblaciones y generan los efectos políticos que hacen permanentes los resultados militares. Interactúan con comunidades locales, con autoridades civiles, con las estructuras sociales que determinan si un Estado funciona o colapsa. Un misil puede destruir un edificio, pero no logra administrar una ciudad.
La experiencia reciente pone de relieve un factor adicional: en entornos donde el adversario niega el acceso al espacio aéreo o marítimo, las fuerzas terrestres que están dispersas, protegidas, bien integradas en el terreno o mezcladas con la población tienen una capacidad de supervivencia y continuidad de combate que los sistemas de alto costo no siempre pueden garantizar.
Nada de lo anterior equivale a negar la importancia del poder aéreo, naval, cibernético o espacial. El campo de batalla contemporáneo es, sin duda, multidominio; la guerra en Ucrania ha mostrado hasta qué punto los drones, los satélites comerciales, la guerra electrónica y el ciberespacio configuran el combate. El error principal no está en desconocer esa complejidad, sino que está en concluir que todos los dominios tienen el mismo peso a la hora de alcanzar los objetivos políticos.
La distinción relevante radica en la diferenciación entre los medios y los fines. Dependiendo de los objetivos, se articulan los medios necesarios mediante estrategias adecuadas. Habrá ocasiones en las cuales la preponderancia será en el aire, otras veces en el mar, o incluso en el ciberespacio. No obstante, es el dominio terrestre el que define, en la mayoría de los conflictos de alta intensidad, los objetivos de mayor relevancia: qué territorio se posee o se pierde, qué Estado mantiene capacidad de gobernar, qué fuerzas continúan operando. Mientras la política se organice en torno a Estados, territorios y poblaciones —y todo indica que seguirá haciéndolo—, el dominio donde se cristalizan los resultados será la tierra. En este contexto, los dominios aéreo, marítimo, espacial y cibernético colaboran de manera determinante e irreemplazable con su capacidad de detectar, degradar, negar e interrumpir.
¿Qué implica esto?
Para países medianos y pequeños, la lección no es trivial. La tentación de invertir excesivamente en nichos tecnológicos llamativos —capacidades cibernéticas, drones de largo alcance, misiles de precisión— con el fin de sustituir fuerzas terrestres robustas puede generar estructuras de fuerza peligrosamente desequilibradas. Desde luego, estas estructuras resultarían vulnerables al tipo de coerción que ha vuelto a ser relevante en los conflictos más recientes.
Cada Estado debe adaptarse a su contexto y necesidades particulares, conforme a su realidad presupuestaria, su cultura, su identidad nacional y, por cierto, su entorno estratégico. Las autoridades tienen el deber de velar por la defensa y promoción de los intereses nacionales, pero no todos esos intereses tienen el mismo peso. Por ejemplo, las exportaciones y el comercio internacional son fundamentales para el desarrollo y la prosperidad de un país; sin embargo, frente a la defensa de la soberanía y la supervivencia del Estado, la jerarquía es inequívoca. Es precisamente esa jerarquía la que debe orientar las decisiones de fuerza: las principales inversiones deben estar al servicio de los fines vitales irrenunciables.
Las líneas de acción que sugiere la evidencia actual apuntan a la necesidad de contar con fuerzas balanceadas, con componentes y capacidades en todos los dominios. Reconociendo lo anterior, tres prioridades se destacan: primero, invertir en capacidades y resiliencia terrestres, pues no basta con unidades tecnificadas si no son capaces de sostener bajas, regenerarse y operar en campañas prolongadas. La idea de un conflicto de corta duración parece haber sido desplazada. No es lógico pensar en proyectar el poder nacional a largas distancias si no se es capaz de proteger antes la soberanía. Segundo, integrar efectivamente capacidades de precisión e inteligencia en función de la maniobra conjunta, y no verlas como un objetivo en sí mismas. Tercero, concebir la protección de infraestructura estratégica —puertos, pasos fronterizos, corredores logísticos, áreas urbanas clave— también desde una lógica terrestre, con fuerzas que tengan doctrina, entrenamiento y mando adaptados a entornos complejos.
En consecuencia, para potencias menores, el desarrollo de capacidades debe encontrar un equilibrio que favorezca el trabajo en conjunto y tiene que indefectiblemente priorizar lo que su realidad y contexto demandan. Esto empieza por la defensa de sus intereses vitales, después los que son críticos y, por último, los que son importantes. El control sobre el territorio es el que otorga proyección sobre el mar, el aire y el espacio exterior. La guerra terrestre no ha dejado de ser determinante. Siempre lo ha sido, y no hay excusa para seguir ignorándolo.
Marcelo Masalleras
Jefe de Investigación en Seguridad y Defensa de AthenaLab
Temas relevantes
No te pierdas ninguna actualización
Suscríbete a nuestro newsletter de forma gratuita para mantenerte informado de nuestros lanzamientos y actividades.
Suscribirse


