La región tiene una enorme oportunidad en la pujante industria espacial global. ¿Qué se necesita para aprovecharla al máximo?
Cuando SpaceX, de Elon Musk, salió a bolsa en junio con una oferta de acciones récord por US$75.000 millones, confirmó lo que los inversionistas venían anticipando desde hacía años: la industria espacial está a las puertas de un gran auge. La economía espacial mundial podría alcanzar los US$1,8 billones en 2035, casi triplicando su valor de 2023. Y Musk, entre otros, ha señalado que buena parte de la próxima expansión tendrá lugar fuera de Estados Unidos.
Cada vez más, la búsqueda apunta hacia el sur. Como informa Juan Pablo Toro en el artículo de portada de esta edición, varios países latinoamericanos están emergiendo como protagonistas de la nueva economía espacial. Ecuador, por ejemplo, tiene una ventaja que está inscrita en su propio nombre: situado apenas dos grados al sur de la línea ecuatorial, donde el planeta gira a mayor velocidad y los cohetes reciben un impulso natural adicional para alcanzar la órbita, el país busca atraer inversionistas con la promesa de lanzamientos más económicos. Actualmente existen planes para desarrollar puertos espaciales en Brasil, República Dominicana, Perú y Uruguay, mientras que Argentina y Brasil ya construyen satélites que ayudan a los agricultores a evaluar sus cultivos y a los gobiernos a responder ante desastres.
El espacio también se ha convertido en un escenario de la rivalidad entre Estados Unidos y China, con Washington presionando a los gobiernos locales para que no alberguen instalaciones chinas. La región, por su parte, está decidida a ser algo más que un campo de disputa. Sin embargo, instituciones frágiles, presupuestos limitados y exigencias técnicas que no dejan margen para errores se interponen entre la ambición y los resultados.
Laura Delgado López, referente en asuntos espaciales latinoamericanos e investigadora de Florida International University, profundiza este panorama. En su artículo señala que ningún país ni empresa puede operar en el espacio por sí solo. El objetivo central no es la independencia, sino la resiliencia: la capacidad de gestionar riesgos y diversificar socios. Este cambio de enfoque contiene, además, un mensaje directo para Washington.
Las empresas estadounidenses ofrecen cada vez más precisamente lo que la región busca: no una dependencia basada en tecnologías de “caja negra”, sino “soluciones soberanas” que permitan desarrollar capacidades locales. Esto abre oportunidades de colaboración, siempre que todas las partes logren encontrar el equilibrio adecuado.
En definitiva, aún está por verse si este momento de América Latina entre las estrellas se traducirá en un crecimiento real o simplemente en un potencial frustrado, un patrón que la región conoce bien. Por ahora, después de siglos de mirar hacia el cielo para trazar mapas de dioses y calendarios, los latinoamericanos vuelven una vez más la mirada hacia arriba.