En Chile, la primera cuenta pública de un presidente ocurre a tres meses de haber asumido el mando de la nación. Por eso, es menos un balance de gestión y más una instancia de diagnóstico sobre el estado del país, donde se fijan lineamientos y prioridades del nuevo gobierno.
En su debut, el presidente Kast mantuvo la narrativa de un Chile en estado de “emergencia”. El discurso, en consecuencia, concentró sus anuncios en seguridad pública, reactivación económica y reconstrucción institucional.
Sin embargo, así como la cuenta pública fija prioridades, también define silencios.
Fue el caso de la política exterior, donde las referencias a la acción internacional de Chile fueron escasas o vinculadas como parte de otros problemas. La cooperación con los países vecinos estuvo presente, pero acotada al crimen transnacional y subordinada a la agenda interna de seguridad y orden. América Latina apareció más como espejo de comparación que como horizonte de integración, mientras que los conflictos externos se mencionaron solo como contexto para justificar recortes presupuestarios. No hubo referencia a prioridades regionales ni una posición frente a las grandes potencias o ante la reconfiguración del orden global.
Este enfoque mínimo de Kast contrasta con el de sus predecesores. En su primera cuenta, Lagos proyectó una política exterior doctrinaria, donde la apertura al mundo era parte constitutiva del modelo de desarrollo. En 2006 y 2014, Bachelet relevó la cooperación regional y el multilateralismo, mientras Piñera en 2010 y 2018 combinó inserción económica y defensa de los intereses nacionales ante litigios internacionales. Boric, en cambio, proyectó su identidad política relevando principios como los derechos humanos, el feminismo, la ecología, y adoptó posturas claras ante conflictos armados.
Kast ha introducido un tono y un enfoque distintos. No ignora el mundo, sino que lo reorganiza bajo una gramática doméstica. Así, la política exterior aparece como instrumento de contención, protección y apoyo a la agenda interna. Lo exterior importa en la medida en que contribuya a recuperar un país golpeado por la inseguridad y el estancamiento económico.
Esta orientación es coherente con la promesa electoral de Kast. Pero también supone potenciales costos. Chile es un país abierto, dependiente del comercio exterior, situado en un escenario global marcado por guerras comerciales, competencia tecnológica y reacomodos geopolíticos.
Subordinar lo internacional al frente interno puede otorgar coherencia política en el corto plazo, pero deja pendiente una cuestión estratégica de fondo: qué lugar quiere ocupar Chile en el mundo y con qué herramientas piensa defender sus intereses en un entorno cada vez más incierto.
por Diego Sazo
Jefe de investigación en relaciones internacionales