El 2016 fue un año de estallidos electorales en el mundo. Estallidos por su estruendo mediático y sus resultados inesperados: Trump derrotó a Hillary Clinton, Colombia rechazó el acuerdo de paz con las FARC y el Reino Unido optó por salir de la Unión Europea.
En el caso del Brexit, sus promotores diagnosticaban un Reino Unido en decadencia. Atribuían el estancamiento económico, la inmigración descontrolada y la burocracia excesiva a la subordinación de los intereses nacionales al proyecto europeo. La promesa era simple: abandonar la UE para recuperar el control y restaurar el esplendor perdido.
Diez años después, el balance es menos alentador. Diversos estudios calculan que el Reino Unido es hoy un 6% más pobre de lo que habría sido sin el Brexit. La inversión y la productividad se debilitaron, mientras la inmigración alcanzó cifras récord en 2023. El país difícilmente parece más próspero que hace una década.
Pero el Brexit tuvo consecuencias más profundas. Eso sugiere el libro Tribal Politics: How Brexit Divided Britain (2026), de los politólogos Sara Hobolt y James Tilley. Su argumento es que el referéndum no solo zanjó una controversia sobre Europa, sino que abrió una fractura que reorganizó cómo muchos británicos juzgaban a sus adversarios políticos. La pregunta dejó de ser si convenía seguir o salir de la UE y pasó a dividirse entre “ellos” y “nosotros”.
Los autores muestran que este proceso fue progresivo. El referéndum de 2016 llevó al centro del debate una cuestión hasta entonces secundaria, la redujo a una alternativa binaria y obligó a cada votante a tomar postura. Como el Brexit dividía a conservadores y laboristas, el conflicto no pudo ser absorbido por los partidos. Así, Leave y Remain pasaron de preferencias electorales a identidades de pertenencia. En 2025, solo cuatro de cada diez votantes aceptaban conversar de política o tener vínculos familiares con alguien del bando contrario.
Estos hallazgos importan porque muestran que las identidades políticas pueden formarse sin depender de clivajes históricos profundos, como la clase o la religión. También pueden surgir de temas específicos cuando estos son agitados por las elites políticas, plantean una definición entre alternativas excluyentes y separan a la sociedad en bandos reconocibles.
Tras una década, la experiencia del Brexit matiza el supuesto de que “los problemas de la democracia se resuelven siempre con más democracia”. En sistemas con elites polarizadas y partidos desarraigados, zanjar diferencias profundas mediante una elección definitiva puede ser contraproducente. En estos casos, las elecciones dejan de canalizar desacuerdos y terminar intensificándolos, provocando fracturas más duraderas que la decisión que buscaban resolver.