Confrontación administrada: El Indo-Pacífico tras Shangri-La 2026

  • por John Griffiths & Diego Sazo
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Confrontación administrada: El Indo-Pacífico tras Shangri-La 2026

El 23º Diálogo de Shangri-La (SLD), celebrado en Singapur entre el 29 y el 31 de mayo de 2026, careció de grandes sorpresas. No hubo declaraciones de ruptura, ni anuncios de nuevos pactos, ni momentos de confrontación pública entre grandes potencias. Sin embargo, dejó la imagen de un orden de seguridad que ha cruzado el umbral de la confrontación: no armada, sino administrada.

Por confrontación administrada se entiende una condición en que las grandes potencias compiten activamente por posición estratégica (acelerando capacidades militares, securitizando cadenas de suministro y disputando zonas de influencia) mientras evitan el enfrentamiento armado directo, gestionando la rivalidad dentro de umbrales de escalada que ninguna parte quiere cruzar.

El SLD es el foro de defensa y seguridad más importante del Indo-Pacífico. Organizado anualmente por el International Institute for Strategic Studies (IISS) y celebrado en Singapur desde 2002, reúne a ministros de Defensa, jefes de las Fuerzas Armadas, altos funcionarios y académicos especializados de más de cuarenta países. En esta edición participaron 44 Estados, con 54 delegados de nivel ministerial y más de 42 jefes de defensa, además de representantes del sector privado y la industria de defensa. Como tal, este foro es el espacio donde los actores del Indo-Pacífico leen la temperatura real de la competencia entre grandes potencias y calibran su posición ante ella.

El foro mostró menos énfasis en declaraciones abstractas sobre el orden regional deseado, y más atención a capacidades concretas, tales como gasto en defensa, municiones, drones submarinos, infraestructura crítica, inteligencia, defensa aérea, presencia avanzada y resiliencia logística. Esa diferencia de registro (del principio a la capacidad) es el balance del encuentro.

La pregunta central del Indo-Pacífico ya no es qué arquitectura se desea para sostener la paz, sino qué capacidades reales existen para sostenerla. Ese giro implica tres cosas: que la competencia estructural entre las grandes potencias se da por consolidada; que la disuasión dejó de ser declarativa para volverse operacional; y que los actores regionales (de Estados Unidos a Vietnam, pasando por Australia y ASEAN) se acomodan a un escenario donde la guerra abierta se busca evitar, pero la preparación material se acelera.

Este informe organiza los temas más relevantes del foro en tres ejes argumentativos. Cada uno articula la evidencia observada con una lectura estratégica de su significado. A continuación se examina la perspectiva latinoamericana y chilena, y el cierre integra los hallazgos en un balance prospectivo.

Los tres ejes en síntesis

1.  El reordenamiento de la confrontación entre grandes potencias

El primer eje analiza cómo se relacionan Estados Unidos y China en este momento del ciclo estratégico. Cuatro elementos definen el vínculo: una lógica estadounidense más transaccional, una ausencia china deliberada en el plano político y militar de alto rango, una moderación retórica que no altera el trasfondo, y una cuestión de Taiwán que sigue tensionando.

1.1.   El Indo-Pacífico como centro de gravedad, bajo nueva lógica

El foro confirmó que el Indo-Pacífico sigue siendo el espacio decisivo de la rivalidad entre las grandes potencias. La novedad de 2026 no fue esa constatación, sino el cambio en la forma de la presencia estadounidense. Washington reafirmó su compromiso regional, pero bajo una lógica abiertamente transaccional. Asegura mayor presencia, pero a cambio de aliados que asuman mayor carga financiera y militar. El secretario de Defensa Pete Hegseth pidió explícitamente a los socios asiáticos elevar el gasto en defensa (fijando el 3,5% del PIB como nuevo estándar de contribución) y fortalecer capacidades propias frente al rápido aumento del poder militar chino.

Figura 1: Primera cadena de islas en el Indo-Pacífico (mapa referencial)

Fuente: Elaboración propia de AthenaLab.

El elemento más relevante de su intervención fue la definición de la estrategia estadounidense, caracterizada por una focalización geográfica. Esto es, el repliegue desde una presencia a escala global hacia una regional, concentrando el esfuerzo en el Indo-Pacífico, específicamente en la primera cadena de islas (imagen 1). Para Washington, controlar esa franja es la clave de lo que Hegseth llamó un “equilibrio de poder favorable” en la región, capaz de elevar el cálculo costo-beneficio de cualquier confrontación mayor y, por esa vía, disuadirla. La urgencia por cerrar otros frentes (Medio Oriente, Ucrania) responde a la misma lógica: liberar recursos para concentrarlos en el teatro prioritario. En palabras del propio Hegseth, se pueden tener todas las reglas que se deseen, pero si no están respaldadas por poder militar valen poco más que el papel en que se escriben.

En la sala, el llamado se tradujo en niveles de compromiso proporcionales a la percepción de amenaza. Japón, Filipinas y Corea del Sur aparecieron como los socios más dispuestos a aumentar capacidades y tejer nuevas alianzas. De particular interés fue el acercamiento de ciertos miembros de la OTAN al Asia-Pacífico mediante el grupo IP4 (Australia, Corea del Sur, Japón y Nueva Zelanda), sin constituir acuerdos de defensa mutua formales. La diferencia con años anteriores no es de posición sino de modelo. Estados Unidos no abandona Asia sino que redefine los términos de su compromiso hacia una disuasión más distribuida y menos dependiente del subsidio estratégico que sostuvo durante décadas. Quienes inviertan en capacidades propias seguirán siendo socios relevantes; quienes no, verán erosionada su posición. Es la postura realista de la actual administración de Donald Trump.

1.2.  La ausencia china y el problema del diálogo asimétrico

La señal política más relevante del foro fue una ausencia. Por segundo año consecutivo, el ministro de Defensa chino, Dong Jun, no asistió. China envió una delegación de menor rango, encabezada por el Mayor General Meng Xiangqing, del Instituto Nacional de Defensa del Ejército Popular de Liberación, lo que varios delegados interpretaron como una degradación deliberada de su participación. La ausencia le evitó a Beijing una confrontación directa sobre Taiwán y el Mar del Sur de China.

En la sala y en los pasillos, esa ausencia de figuras de alto rango se leyó como un mensaje de “confrontación diplomática pasiva”, dirigido más a la actual administración estadounidense que a factores internos. Los anfitriones singapurenses, por su parte, administraron con notable equilibrio su doble condición de socio comercial de China y aliado estratégico de Estados Unidos.

La ausencia tiene consecuencias estructurales. Con esta decisión, Beijing privilegia el control del mensaje por sobre la exposición en escenarios donde puede enfrentar presión pública. Así, el foro deja de operar como espacio de diálogo multilateral entre Washington y Beijing y se convierte en un escenario donde Estados Unidos y sus aliados coordinan posiciones frente a una China que escucha sin exponerse. La asimetría no es neutral, ya que reduce la utilidad del Diálogo como mecanismo de interacción entre las dos potencias.

1.3.  Moderación retórica, confrontación estructural intacta

El discurso estadounidense fue menos confrontacional que en años anteriores, en parte por el reciente acercamiento entre Donald Trump y Xi Jinping y por la visita de Xi a Estados Unidos prevista para septiembre de 2026. Pero la sustancia no cambió: Estados Unidos mantuvo su objetivo de impedir cualquier hegemonía regional china, preservar el equilibrio de poder y reforzar sus alianzas con Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas, Singapur e India.

La distinción importa porque define la naturaleza del momento. No se trata de distensión real, sino de gestión del riesgo en una coyuntura diplomáticamente sensible. La búsqueda de estabilidad con China ocurre dentro de la confrontación administrada, no como sustituto de ella. Confundir el tono con la sustancia conduciría a una lectura optimista que el contenido del foro no respalda en los hechos.

 

1.4. Taiwán: presente en el trasfondo, ausente del podio

Aunque el discurso estadounidense evitó sobredimensionar el tema (Hegseth, de hecho, no mencionó Taiwán en su intervención), las tensiones en torno al estrecho permanecieron como trasfondo de todo el encuentro. Las preocupaciones regionales se concentraron en la coerción marítima, las maniobras militares, las zonas grises de regulación y el riesgo de error de cálculo.

Taiwán sigue siendo el principal punto de fricción de alta intensidad potencial en Asia oriental, pero los actores acordaron tácitamente no convertirlo en el eje explícito del foro. El tratamiento cuidadoso desde el podio no refleja una reducción del riesgo estructural, sino una gestión deliberada de la narrativa pública. Ninguna parte quiere precipitar una escalada discursiva que cierre el espacio diplomático recién abierto por la cumbre Trump–Xi en mayo de 2026.

El factor de fondo es la tensión entre lo que numerosos actores consideran aguas internacionales y lo que China entiende como su soberanía marítima y aérea. Esa disputa seguirá tensionando el futuro inmediato, no solo entre actores regionales, sino con potencias extrarregionales que reivindican su derecho de paso.

2.  Donde la seguridad y el comercio confluyen: el entorno material

El segundo eje desplaza la mirada de las grandes potencias hacia el campo en que la confrontación se materializa. Tres procesos paralelos lo definen: la expansión de la seguridad marítima hacia el dominio submarino, la consolidación de una arquitectura de alianzas funcional sin alineamiento total, y el giro desde la disuasión declarativa hacia la operacional.

2.1.  Del mar de superficie al subsuelo marino

Una de las novedades conceptuales más importantes del foro fue la centralidad de la seguridad submarina. Cables de fibra óptica, infraestructura energética bajo el mar, guerra antisubmarina, drones submarinos y shadow fleets aparecieron como temas estructurales, no marginales. El organizador del evento (IISS) dedicó una sesión específica al desorden de seguridad marítima en Asia, subrayando que las amenazas submarinas, el crimen transnacional, las disputas territoriales y el aumento de capacidades agravan el entorno regional.

El resultado más concreto del foro en este dominio fue el lanzamiento del marco GUIDE (Guiding Principles for Underwater Infrastructure Defence Exchanges), iniciativa de Singapur con países co-signatarios de múltiples regiones y primer instrumento interregional dedicado específicamente a la protección de infraestructura crítica submarina.

Australia subrayó el aumento de incidentes contra cables e infraestructura crítica (con referencia a los cortes registrados entre Alemania y Finlandia, y entre Suecia y Lituania, en 2024 y 2025), vinculándolos con vulnerabilidades estratégicas tanto en el Indo-Pacífico como en el Báltico. Esa conexión interregional es significativa, ya que el subsuelo marino se está convirtiendo en un dominio de competencia con lógica propia, donde las acciones en una región generan aprendizajes y vulnerabilidades que se trasladan a otras.

La competencia marítima ya no se limita a las flotas de superficie ni al control de rutas. Se desplaza al subsuelo, los datos, los sensores y las infraestructuras críticas, y exige nuevas capacidades (técnicas, regulatorias y operacionales) que la mayoría de los actores regionales aún no posee. En otras palabras, las dimensiones tradicionales del conflicto (terrestre, marítima, aérea, ciberespacial y espacial) se expanden para integrar, con fuerza creciente, el ámbito submarino Esto incluye las fibras ópticas, datos, inteligencia artificial y cadenas de suministro que allí operan.

 

2.2.  Aliados con autonomía creciente, sin ruptura

Australia, Japón, Corea del Sur, Filipinas y Singapur fortalecen capacidades defensivas propias sin romper con la arquitectura liderada por Estados Unidos. Hegseth elogió a quienes han aumentado gasto y cooperación operacional, en contraste explícito con los socios que no siguieron ese camino.

El patrón estadounidense es consistente. Más inversión propia, más cooperación operacional y más participación en dominios tecnológicos emergentes, pero dentro del marco de alianzas existentes. La región se mueve hacia una red de minilateralismos funcionales, tales como AUKUS, la cooperación EE.UU.-Japón-Corea, EE.UU.-Filipinas, Australia-India y vínculos reforzados con Singapur (ver imagen 3). No es una OTAN asiática, sino una arquitectura flexible de disuasión, sin la rigidez de un tratado colectivo.

Imagen 3: Entramado flexible de minilateralismos en el Indo-Pacífico

Fuente: Elaboración propia de AthenaLab.

Esa flexibilidad es fortaleza y limitación a la vez. Permite adaptarse a las capacidades de cada actor, evitar la lógica de bloques y conservar espacios de diplomacia con China. Sin embargo, al carecer de mecanismos formales de defensa colectiva, su poder disuasorio depende de señales reiteradas de capacidad y compromiso. En paralelo, la ASEAN conserva un rol de alto valor al preservar un espacio de diálogo y fomentar la comunicación que contenga riesgos y fragmentaciones.

2.3.  De la disuasión declarativa a la disuasión operacional

El foro mostró menos énfasis en declaraciones abstractas y más atención a capacidades concretas. El gasto en defensa, las municiones, los drones submarinos, la infraestructura crítica, la defensa aérea y la resiliencia logística dominaron las conversaciones sustantivas. La demanda estadounidense de mayor gasto aliado y la atención australiana a los cables submarinos son expresiones del mismo fenómeno: un giro hacia la preparación material de la confrontación.

Este es probablemente el cambio más significativo del foro en el largo plazo. El debate sobre principios (orden basado en reglas, derecho internacional, multilateralismo) sigue presente como marco normativo, pero deja de ser el espacio donde se decide la suerte real del orden regional. La pregunta ya no es solo qué orden se desea, sino qué capacidades existen para sostenerlo. Es una pregunta de otra naturaleza, que muestra el debilitamiento de los instrumentos tradicionales del multilateralismo y coloca el centro de gravedad analítico en el dominio material.

3.  Las respuestas de los actores medianos ante la polarización

El tercer eje aborda cómo navegan este orden los actores que no son ni Estados Unidos ni China. Tres elementos lo estructuran: Vietnam como bisagra estratégica, la contaminación de la agenda asiática por el conflicto en Medio Oriente, y la búsqueda de ASEAN por evitar la lógica binaria.

3.1.  Vietnam y la doctrina del actor bisagra

El discurso inaugural del presidente vietnamita Tô Lâm fue significativo. Planteó tres crisis simultáneas que convergen en el Indo-Pacífico, tales como la erosión del derecho internacional, una crisis del desarrollo y una crisis de confianza entre Estados. Su énfasis estuvo en preservar el orden basado en normas, evitar la coerción y reforzar el diálogo y la transparencia, con especial atención a la protección del ciberespacio.

Vietnam se proyecta como un actor bisagra, postando por un orden regional que limite la coerción de las grandes potencias, sobre todo en el plano marítimo. Esa posición es relevante por dos razones: ofrece una alternativa al alineamiento total y resulta verosímil por el emisor. Vietnam conserva credibilidad simultánea ante Estados Unidos, China, Rusia y el Sudeste Asiático, un peso regional poco común. En la sala se percibió que su postura responde a un realismo afín a su posición geográfica sensible, donde privilegiar un entorno abierto que reduzca la polarización es la mejor forma de proteger su soberanía y su autonomía estratégica.

3.2  Medio Oriente como recordatorio de la interdependencia global

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán y la situación del estrecho de Ormuz aparecieron como factores externos con efecto directo sobre Asia, por tres canales: energía, comercio marítimo y disponibilidad de capacidades militares estadounidenses. El Indo-Pacífico no puede analizarse de forma aislada al considerar que la interdependencia energética y militar conecta Taiwán, Ormuz, Ucrania y el Mar del Sur de China en una sola matriz de riesgo global.

Para los actores medianos, el reconocimiento de esta realidad es incómodo. Su seguridad depende en parte de eventos sobre los que no tienen influencia y de la capacidad de Estados Unidos para gestionar simultáneamente teatros distantes pero conectados. De ahí el interés estadounidense por cerrar pronto el frente de Medio Oriente, precisamente para liberar recursos y concentrarse en el Pacífico. La autonomía que reclaman los medianos se ejerce, paradójicamente, en un sistema donde la interdependencia limita el margen real de cualquier actor.

Un consenso recorrió la sala durante los días del foro. Este fue que, en el escenario actual, ninguna crisis en un chokepoint estratégico deja de tener efectos globales inmediatos. Los países más expuestos por su dependencia de energía importada (Japón, Corea del Sur, India y Singapur) son también los más motivados a reforzar su resiliencia logística y energética.

3.3  ASEAN entre la autonomía declarada y la presión estructural

Los Estados del Sudeste Asiático procuran mantener margen de maniobra. No desean subordinación automática ni a Washington ni a Beijing. Su énfasis en el derecho internacional, el desarrollo inclusivo, la conectividad, la confianza y los mecanismos multilaterales refleja una preferencia clara por evitar la polarización total. Esa preferencia es genuina, y el foro permitió formularla con claridad.

Pero hay una tensión creciente entre la autonomía declarada y las condiciones que la hacen posible. El espacio para no elegir se estrecha cuando las decisiones se imponen en los hechos. Esta presión puede provenir ya sea por dependencias de cadena de suministro, por acceso a tecnologías controladas, por exposición a sistemas de financiamiento, por presión de inversiones específicas en defensa. El riesgo no es que los países medianos elijan bando formalmente, sino que la dependencia de facto avance sin que ninguna declaración política la reconozca. Esa brecha entre la retórica de autonomía y la realidad de presiones acumuladas es estructural, y probablemente se profundizará.

4. La perspectiva latinoamericana y chilena

Los tres ejes no se agotan en Asia. La reconfiguración de la competencia entre grandes potencias, la transformación del entorno material de seguridad y la presión sobre los actores medianos configuran también el espacio en el que Chile comercia, se conecta y proyecta sus intereses. Lo primero que un observador chileno debe constatar, sin embargo, es que el país apenas registró el foro donde esas dinámicas se discutieron.

4.1. La ausencia como fenómeno completo

La presencia latinoamericana fue marginal, pese a las reiteradas declaraciones de varios Estados de la región sobre el valor del Indo-Pacífico para su interés nacional. Solo se constató presencia oficial de Perú y de Brasil. Del Pacífico americano, los únicos actores con peso fueron Estados Unidos y Canadá.

A diferencia del 2025, Chile no contó con presencia oficial. La ausencia tampoco fue exclusivamente estatal, ya que el sector privado nacional no estuvo presente. Es justo reconocer que el empresariado chileno lee con acierto la oportunidad asiática. Recientemente, la SOFOFA reactivó este año su red de consejos empresariales binacionales con foco en India, Asia y América Latina, incluida una mesa Chile-India en el marco de las negociaciones por un CEPA, interpretando la fragmentación comercial y la disputa entre Estados Unidos y China como una ocasión de diversificación.

Aunque esta lectura es valiosa, es parcial porque aborda el Indo-Pacífico como mercado y no como espacio estratégico. El mercado no flota en el vacío. Son las decisiones políticas y de seguridad (dónde se traza una línea roja, qué infraestructura submarina se protege, qué cadena de suministro se securitiza) las que determinan las condiciones en que ese comercio es posible. Los gremios, la banca y los centros de pensamiento económico harían bien en complementar su mirada comercial con una lectura estratégica de estos espacios.

En este cuadro, resulta significativo que la única presencia nacional haya provenido de la sociedad civil especializada. La participación de AthenaLab permitió observar de primera fuente el espacio donde se configuran las decisiones que, actualmente, determinan el entorno de seguridad y de negocios de Chile en el Pacífico.

4.2. La exposición material: la infraestructura submarina

La convergencia entre seguridad y economía que recorrió el foro tiene en Chile una expresión física y concreta: el Cable Humboldt, primera conexión de fibra óptica submarina directa entre Sudamérica y el Asia-Pacífico, que une Valparaíso con Australia y Nueva Zelanda y cuya operación se prevé hacia 2027. Chile está construyendo precisamente el tipo de infraestructura crítica submarina que el foro identificó como nuevo dominio de competencia.

Imagen 4 : Chile y los flujos en el Indo-Pacífico (imagen referencial)

Un segundo proyecto de cable, esta vez desde China, generó polémica recientemente, siendo suspendido tras una alerta de seguridad de Estados Unidos. Por lo tanto, la rivalidad entre las dos potencias no es para Chile un fenómeno lejano del Indo-Pacífico, sino que ya define qué infraestructura puede construir, y con quién. Se trata de una vulnerabilidad de carácter fijo (un activo localizado, expuesto al sabotaje en un punto) cuya respuesta exige protección física y un régimen jurídico que el derecho internacional aún no ha consolidado, como evidenciaron la sesión sobre desorden marítimo y el lanzamiento del marco GUIDE.

4.3  La exposición de los flujos: las rutas del comercio

La infraestructura fija no es la única exposición chilena en el dominio marítimo. Su otra cara son los flujos del comercio, y aquí la dependencia es estructural. China es, desde 2010, el principal socio comercial de Chile. En 2025 concentró el 32,7% del intercambio total y cerca del 35% de las exportaciones, una participación que pasó del 14% a casi el 40% de los envíos en menos de dos décadas (SUBREI 2026). Sumados los demás destinos asiáticos (Japón, Corea del Sur y una India que crece a tasas superiores al 40% anual), el Pacífico se confirma como el teatro comercial decisivo para el ingreso nacional.

El cobre, los cátodos, las cerezas, el litio, los salmónidos y la celulosa que sostienen ese ingreso cruzan el Pacífico hacia los mismos puertos asiáticos cuya seguridad de aproximación se debatió en Singapur. Una disrupción en el estrecho de Taiwán, en el Mar del Sur de China o en los chokepoints de aproximación no es para Chile un riesgo geopolítico abstracto. Más bien, es la interrupción directa de la ruta de la que depende un tercio de su comercio exterior. A diferencia del cable, esta es una vulnerabilidad de flujo (su punto crítico no está en territorio chileno, sino a miles de kilómetros) y su respuesta no es de protección física, sino diplomática y de resiliencia logística y energética.

Ambos planos (el cable que transmite los datos y la ruta que transporta la carga) pertenecen al mismo dominio que el foro situó en el centro de la competencia estratégica. Y en ambos, Chile es un actor expuesto. Para nuestro país, en consecuencia, el análisis del Indo-Pacífico debe asumir un enfoque integral, incorporando la política exterior y la política económica en su planificación estratégica.

5.  Tres proyecciones al 2028

Sobre la base de lo observado y conversado en el foro (en el podio y en los pasillos), se proyectan tres trayectorias plausibles para el período 2026-2028 en el Indo-Pacífico.

6.  Balance: la confrontación administrada como nueva normalidad

Los tres ejes convergen en un mismo diagnóstico. El Indo-Pacífico entra en una fase de confrontación administrada. Los actores buscan evitar la guerra abierta, pero aceleran la preparación militar, tecnológica y logística para escenarios de crisis. La ausencia china reduce el espacio de diálogo directo entre las dos potencias, aunque preserva el multilateral de los países de la región.

Estados Unidos reafirma su compromiso, pero exige mayor corresponsabilidad material; los Estados regionales insisten en el derecho internacional, la autonomía estratégica y la estabilidad marítima, sin revertir la lógica de fondo. En términos teóricos, el foro refleja la transición desde un orden liberal-regional relativamente institucionalizado hacia un equilibrio competitivo de poder donde la confrontación se administra.

La conclusión no es alarmista ni complaciente. La región no está al borde de una guerra, pero tampoco construye las instituciones que la hagan improbable en el largo plazo. Instala, en cambio, una condición de competencia permanente y materialmente densa, donde la estabilidad depende menos de acuerdos compartidos y más de la capacidad de cada actor para disuadir, resistir o imponerse.

Esa es la nueva normalidad del Indo-Pacífico, y el diálogo Shangri-La 2026 será recordado como el foro donde se hizo visible.

7. Implicancias para América Latina y Chile

Para la región, el desafío planteado por las conclusiones de este foro es agrupar a los países con intereses comunes y elevar su influencia colectiva en un escenario donde el derecho internacional quedará, con mayor habitualidad, sometido a expresiones de poder por sobre los fundamentos jurídicos tradicionales. La coordinación entre países latinoamericanos para la promoción colectiva de intereses es, por tanto, un desafío urgente.

Para Chile, la principal lección de este foro es la necesidad de integrar y consolidar un proceso de reflexión estratégica sobre el Indo-Pacífico que, en función del interés nacional, identifique riesgos, amenazas y oportunidades. La dimensión comercial no basta y debe ser complementada con la perspectiva estratégica de seguridad y defensa. Evitar este enfoque aumenta los niveles de vulnerabilidad, en tanto el país queda expuesto a dinámicas sobre las cuales tendrá un margen limitado para influir o proteger lo propio.

Estos foros no son solo escenarios declarativos. Son barómetros del clima estratégico que permiten medir la temperatura de la competencia, anticipar tendencias y leer señales que no llegan por los canales formales. En 2026, la presencia chilena en Shangri-La provino únicamente de la sociedad civil especializada, y esa observación de primera fuente alimenta nuestro análisis y asesoría para el proceso de toma de decisión en materias de interés nacional.

Sostener y ampliar esa presencia es una inversión en anticipación estratégica. Estar presente permite anticipar lo que ya está en marcha. AthenaLab seguirá cubriendo estos espacios y aspira a hacerlo en compañía de la representación sectorial del Estado y del mundo privado, porque el interés nacional se juega, cada vez más, en estos escenarios.

Anexo: Ficha técnica del evento

por John Griffiths & Diego Sazo


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