La identidad nacional es un concepto complejo y multidimensional que se construye a lo largo del tiempo a través de diversos factores históricos, culturales, políticos y sociales. Su relación con la cohesión social ha sido ampliamente estudiada en diferentes contextos, ya que, históricamente, se ha observado que cuando la primera es fuerte, puede fomentar la unidad, pero también puede ser un factor de exclusión si se basa en criterios restrictivos.
Así, la identidad nacional ha servido como mecanismo de cohesión social facilitando la construcción de un sentido de pertenencia y solidaridad entre los ciudadanos. Sin embargo, también ha sido utilizada como un instrumento de control, que refuerza narrativas homogéneas que marginan a ciertos grupos dentro de la sociedad. Es por esta razón que diferentes estudios han demostrado que la manera en que una sociedad define su identidad nacional influye en la forma en que gestiona la diversidad interna y en su capacidad de generar inclusión o segregación.
En otras palabras, “las identidades nacionales proporcionan criterios de demarcación: nos dicen quién pertenece a un grupo y quién no; otorga a algunos el estatus de pertenencia al grupo, pero también excluyen a quienes no se ajustan a los criterios impuestos. En ese sentido, es un arma de doble filo, que puede fomentar tanto la unidad como la fragmentación” (Holtug y Uslaner, 2021, p. 2).
En la actualidad, se observa que las disputas que se están dando en torno a las identidades nacionales son especialmente notorias en los debates sobre inmigración e integración, donde se define “quién pertenece a la nación (y, por lo tanto, de quiénes se debería acoger con agrado su admisión) y las condiciones en las que pueden convertirse miembros de pleno derecho (obteniendo la ciudadanía y diversos derechos políticos y sociales que pueden o no estar vinculados a esta última)” (Holtug y Uslaner, 2021, p. 2).
Derivado de ello, se puede interpretar que la identidad nacional no solo responde a una construcción interna, sino que también está influenciada por dinámicas internacionales, como la migración recién mencionada, pero también por fenómenos como la globalización y los avances tecnológicos, todos los cuales han modificado la manera en que los individuos se relacionan con sus países de origen y con otras culturas.
Sin embargo, las identidades nacionales son importantes no solo porque pueden afectar los derechos formales a los que tienen acceso las personas, sino también por su valor para el sentido de pertenencia de los individuos, ya que moldean este tipo de percepciones que, a su vez, impactan en aquellas que dicen relación con la idea de “merecimiento de grupos específicos”. Esto último puede influir de manera importante en la redistribución que realizan los gobiernos en diversos países (Holtug y Uslaner, 2021, p. 3).
Por su parte, “la cohesión social consiste en las características que unen a los miembros de una comunidad de manera que favorezcan la cooperación y otras formas de interacción pro-social, e incluye elementos como la confianza y la solidaridad”. A este respecto, “una preocupación importante de la política contemporánea, que también ha sido expresada por muchos científicos sociales, es que la inmigración y la diversidad reducen la cohesión social” (Holtug y Uslaner, 2021, p. 7).
Así planteados, es dable interpretar que estos fenómenos se encuentran en constante evolución, desafiando las concepciones tradicionales de nación y ciudadanía. A su vez, la apelación al sentido de pertenencia propia de su conceptualización juega —y ha jugado a lo largo de la historia— un rol fundamental para la cohesión social, cuyo impacto se puede observar en el cambio de orientación política que han sufrido diversos países en la actualidad, lo que ha llevado a que fenómenos como la polarización, el populismo y las actitudes antinmigrantes estén cobrando un nuevo impulso, tal como ocurre, por ejemplo, en Europa, con líderes políticos como Viktor Orbán y el partido Fidesz en Hungría, Alternativa para Alemania o Frente Nacional en Francia, cuyo discurso, crecientemente, justifica el distanciamiento de un orden político liberal.
Lo mismo puede decirse del caso chileno, donde la masiva inmigración ocurrida durante, al menos, los últimos diez años, ha llevado a diferentes actores políticos a modificar su postura al respecto, con álgidos debates respecto a procesos de regularización y expulsión, control de las fronteras, actuación de las Fuerzas Armadas e incluso sobre el derecho a voto.
Motivado por lo anterior, en el presente marco teórico se explorarán los conceptos de identidad nacional y cohesión social, así como la relación existente entre ambos. Esta exploración se realizará desde una perspectiva general, descriptiva y comparativa, para luego pasar a identificar, en el caso chileno, aquellas características, particularidades y circunstancias que, históricamente, han dado lugar a la dinámica descrita, extrayendo elementos que hagan posible su comprensión en la actualidad.
Con todo, se analizarán los distintos enfoques teóricos y las experiencias internacionales que han abordado este tipo de conceptualizaciones y relaciones, destacando tanto los factores que favorecen una identidad nacional inclusiva como aquellos que pueden derivar en fragmentación social, dando cuenta a su vez del momento político en que nos encontramos, tanto a nivel nacional como internacional.