El regreso de la estatua del general Manuel Baquedano a su emplazamiento original en la plaza que lleva su nombre esta semana, cierra un ciclo material, político y simbólico abierto con su retiro del 12 de marzo de 2021, luego de los graves daños sufridos en el contexto de la violencia desatada en el país. La reinstalación fue aprobada de manera unánime por el Consejo de Monumentos Nacionales a fines de febrero y ejecutada casi cinco años después de su salida del principal eje urbano y simbólico de Santiago.
Este hecho importa por una razón de fondo: las naciones no se sostienen solo por instituciones, leyes o elecciones. También requieren símbolos compartidos, lugares de memoria y referencias históricas capaces de expresar continuidad, su identidad. Cuando una sociedad pierde la capacidad de proteger sus símbolos comunes, o decide abandonarlos por miedo al conflicto, lo que se debilita no es únicamente una estatua, si no que, se erosiona, sobre todo, la idea de comunidad política que permite convivir pese a las diferencias, la cohesión nacional. La reposición de Baquedano, en ese sentido, no resuelve por sí sola las fracturas en la sociedad chilena, pero sí marca un límite: la violencia no puede convertirse en el mecanismo legítimo para redefinir el espacio público, ni menos la identidad de Chile.
El regreso ocurre, además, en una semana marcada por otros actos que identifican a la República y sus instituciones. Por un lado, el cambio de mando en el Ejército de Chile, institución fundacional del Estado, en cuya ceremonia, el General Pedro Varela recibió, de manos de la primera autoridad nacional, el sable del General José Miguel Carrera, primer comandante en jefe, lo que da cuenta de una continuidad e institucionalidad que nos caracteriza. Esta misma semana, asistimos al cambio de mando presidencial, en el que el presidente José Antonio Kast fue investido en el salón plenario del Congreso Nacional, con la banda y la piocha del libertador General Bernardo O’Higgins.
Manuel Baquedano ocupa un lugar central en la historia militar y política de Chile. Fue comandante en jefe del Ejército en campaña entre 1880 y 1881 durante la Guerra del Pacífico, bajo cuyo mando se triunfó en Arica, Tacna, Chorrillos y Miraflores, entrando victorioso a Lima. Fue senador y presidente provisional de la República en agosto de 1891. Su figura representa una etapa decisiva de consolidación del Estado chileno y de afirmación del mando militar en momentos críticos. Como toda figura histórica relevante, su trayectoria puede ser estudiada críticamente, pero dicha lectura de la historia no exige borrar sus huellas del espacio nacional. Exige, más bien, comprenderlas en su contexto.
El monumento mismo forma parte de esa memoria histórica, por dos motivos. Primero, fue erigido el 18 de septiembre de 1928 como homenaje al general que condujo al Ejército de Chile en la Guerra del Pacífico. La plaza pasó a llevar su nombre, y el conjunto escultórico se convirtió por décadas en un punto de referencia cívica, urbana y nacional. Segundo y lo más importante, bajo su pedestal, además, descansaba el Soldado Desconocido, recordatorio que la memoria militar chilena no se refiere solo a los jefes, sino, especialmente, al sacrificio anónimo de quienes combatieron por el país, en este caso, bajo las órdenes del invicto General. El retorno del Soldado Desconocido está pendiente y se espera que su regreso sea con la dignidad y formalidad que corresponde, en una ceremonia oficial, con autoridades nacionales, unidades militares y ojalá una gran convocatoria de la sociedad.

Así, el retorno de la estatua trasciende la figura individual de Baquedano. Lo que vuelve no es solamente un monumento restaurado. Vuelve una señal de identidad y continuidad histórica en un lugar que, durante los últimos años, expresó fractura, impugnación y vacío. Un plinto vacío en el centro de Santiago era también una imagen del debilitamiento de la autoridad simbólica del Estado y de la dificultad del país para defender un relato común sobre sí mismo. Su reposición no elimina el desacuerdo, pero recupera la idea de que el espacio público no debe quedar capturado por la destrucción ni por la intimidación.
Chile necesita precisamente eso: más capacidad para discutir su historia sin destruirla. Toda nación madura revisa críticamente sus símbolos, pero no renuncia a ellos con ligereza. La cohesión nacional no nace de la uniformidad, sino de la existencia de referencias permanentes que hagan posible una conversación común entre generaciones, regiones, sensibilidades políticas y tradiciones institucionales. En un tiempo de polarización, fragmentación y desconfianza, generar y fortalecer la confianza entre ciudadanos y proteger los símbolos nacionales no es un gesto nostálgico, es una necesidad política y cultural.
El regreso de Baquedano a su plaza original debe leerse, entonces, como algo más que una decisión urbana o administrativa. Es una afirmación de continuidad nacional. Es también un recordatorio de que Chile no puede construir futuro si acepta que sus símbolos sean expulsados por la violencia. Y es, finalmente, una invitación a reconstruir cohesión a partir de una convicción básica: un país que cuida su memoria fortalece también su voluntad de permanecer unido.
Marcelo Masallerras
Jefe de investigación en seguridad y defensa
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