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Ucrania y Medio Oriente: dos laboratorios de la guerra del siglo XXI

7 de Mayo de 2026 John Griffiths Spielman
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Ucrania y Medio Oriente: dos laboratorios de la guerra del siglo XXI

1. Introducción

La guerra, como fenómeno de estudio, posee una naturaleza y un carácter. La naturaleza remite a su esencia: aquello que permanece relativamente constante en el tiempo. El carácter, en cambio, varía según el contexto histórico y las condiciones en que se desarrolla. En él influyen factores como la geografía, la doctrina, la política y la tecnología, entre otros. Este artículo se centra precisamente en el carácter de los dos conflictos más relevantes del escenario internacional actual —la guerra entre Rusia y Ucrania y la guerra en Medio Oriente— para identificar lecciones útiles sobre el empleo contemporáneo de la fuerza.

Uno de los rasgos más visibles de los conflictos actuales es la aceleración tecnológica en los sistemas de armas, impulsada por innovaciones disruptivas y por una integración cada vez más estrecha entre tecnología civil y militar. El resultado es la consolidación de ecosistemas operacionales integrados —observación, vigilancia, adquisición de blancos, inteligencia, fuegos de largo alcance, plataformas no tripuladas y guerra electrónica— que acortan los ciclos de decisión y aumentan la velocidad con que un blanco puede ser detectado, seguido y atacado. Aunque la decisión final sigue siendo, en la mayoría de los casos, humana, ya existen múltiples ejemplos de automatización parcial o de autonomía limitada en ciertos sistemas de armas.

Desde esta perspectiva, tanto la guerra entre Rusia y Ucrania como el conflicto armado en Medio Oriente deben entenderse menos como conflictos aislados y más como laboratorios en los que técnicas, métodos y doctrinas militares están siendo puestos a prueba.

2. Lecciones de la guerra entre Rusia y Ucrania

La guerra entre Rusia y Ucrania ha mostrado que una potencia menor puede reducir asimetrías si combina con inteligencia sistemas no tripulados, software, centros de datos, dispersión táctica, innovación civil-militar y adaptación industrial. Ucrania ha explotado con eficacia la integración entre inteligencia y poder de fuego para compensar parte de su inferioridad material. La primera lección, por tanto, es que la innovación militar puede alterar el equilibrio relativo en el campo de batalla, aunque no sustituye la necesidad de masa, sostenimiento y apoyo externo.

La segunda lección es que la tecnología no ha eliminado la fricción de la guerra: solo la ha desplazado. El campo de batalla actual ofrece más información y reduce parte de la incertidumbre clásica, pero al mismo tiempo genera nuevas fuentes de complejidad, tales como la dependencia de enlaces, vulnerabilidad del software, disputa por el espectro electromagnético, autonomía parcial de sistemas y necesidad de resiliencia digital. La neblina de la guerra (fog of war, Clausewitz) no desaparece, sino que cambia de forma. Por eso, la aceleración tecnológica convive con una mayor complejidad operacional.

Esa complejidad ha favorecido, además, una guerra de posiciones más que una guerra de maniobra profunda. La maniobra requiere concentración, sorpresa, coordinación, penetración y explotación en profundidad. Hoy todo eso es más difícil bajo condiciones de vigilancia permanente, detección casi en tiempo real e interferencia sobre los medios de mando. Para maniobrar con éxito ya no basta con reunir fuerzas: es necesario degradar la capacidad del adversario para detectar, transmitir y batir con precisión. La maniobra sigue siendo posible, pero sus exigencias son mayores.

Una tercera lección es transversal: la guerra moderna no ha reemplazado el desgaste sino que lo ha sofisticado. La precisión no elimina la necesidad de volumen, reservas, mantenimiento, reposición y profundidad industrial. Ucrania logró sostener cierta paridad artillera en la fase inicial, pero hacia junio de 2022 Rusia había alcanzado una ventaja aproximada de 10:1 en volumen de fuego. La conclusión es clara: salvo Estados Unidos, ningún miembro de la OTAN contaba con stocks ni con capacidad industrial suficiente y con limitaciones, para sostener una guerra prolongada de gran escala. Esto obliga a revisar críticamente el modelo logístico just in time. En conflictos de alta intensidad, se impone una lógica just in case, basada en reservas, redundancia y resiliencia. La fuerza ya no se mide solo por el número de brigadas, tanques o aviones, sino por la capacidad nacional de sostener el combate durante meses o años.

Elaboración propia

La cuarta lección se juega en la disputa por la detección y la precisión. El espectro electromagnético se ha convertido en un dominio decisivo. Navegación, comunicaciones, sensores, sistemas no tripulados y mando y control dependen de redes que pueden ser interferidas, degradadas o anuladas. De ahí una idea doctrinal clave: la precisión ya no es un atributo garantizado; hay que combatir por las condiciones para su uso. La integración entre sensores, fuegos, guerra electrónica y mando distribuido se ha vuelto una condición básica de las operaciones combinadas. La fuerza que no pueda proteger sus enlaces, degradar los del adversario y operar en condiciones de interferencia perderá velocidad, cohesión y capacidad de destruir con eficacia.

En paralelo, Ucrania ha demostrado que el espacio aéreo puede permanecer disputado durante largos periodos incluso en condiciones de inferioridad aérea decisiva. La defensa aérea dejó de ser un complemento para convertirse en una condición de supervivencia operacional. Drones baratos, misiles de crucero, misiles balísticos, sistemas hipersónicos y ataques combinados destinados a saturar defensas amplían drásticamente el abanico de amenazas. La respuesta ya no puede descansar únicamente en interceptores costosos. La defensa aérea del futuro debe ser multicapa, distribuida, adaptable y además económica.

La conclusión principal en la guerra de Ucrania es política. Rusia ha causado destrucción masiva y ocupado territorio, pero no ha logrado transformar su superioridad inicial en una victoria política rápida. Ucrania, por su parte, ha utilizado la fuerza no solo para resistir, sino también para sostener cohesión nacional, asegurar apoyo occidental y desgastar a su adversario. El caso ucraniano muestra, así, que la guerra futura dependerá menos de una plataforma decisiva que de sistemas integrados capaces de aprender, sostenerse y adaptarse en el tiempo. Ese es el verdadero desafío y lección observada.

3. Lecciones de la guerra en Medio Oriente

La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán confirma otra transformación central del uso de la fuerza. La superioridad militar ya no depende solo de destruir blancos, sino de integrar poder aéreo de precisión, persistencia, defensa, inteligencia, resiliencia industrial y control de escalada. A diferencia de conflictos centrados en la ocupación territorial, esta guerra combinó campaña aeroespacial, ataques con misiles y drones, coerción marítima en el Estrecho de Ormuz, operaciones contra infraestructura estratégica y presión indirecta a través de actores asociados. Aunque la fase principal de combate directo parezca contenida, la crisis continúa en los planos marítimo, diplomático, energético y regional. Lo anterior, constituye el problema de fondo.

La primera lección de este conflicto armado es que el poder aéreo de precisión puede degradar significativamente blancos estratégicos, pero no garantiza por sí solo resultados políticos definitivos. La destrucción de instalaciones, mandos, defensas aéreas, depósitos de misiles o infraestructura nuclear puede alterar el balance militar inmediato, pero no asegura que el adversario acepte las condiciones impuestas. Es una lección clásica, ahora confirmada una vez más. El poder aéreo puede destruir, interrumpir y desorganizar con gran eficacia, pero es mucho menos eficaz cuando se le exige producir, por sí sola, una rendición estratégica, un cambio de régimen o una transformación política profunda.

La segunda lección vuelve a ser transversal: las campañas modernas de precisión siguen siendo guerras de desgaste, aunque ese desgaste se exprese en inventarios sofisticados, cadenas de suministro y tiempos de reposición. Durante las semanas previas al cese del fuego, Estados Unidos habría empleado intensamente un conjunto de municiones críticas, y en varios casos el gasto pudo superar la mitad de los inventarios previos al conflicto. La reposición, además, podría tardar entre uno y cuatro años. Esto tiene una implicancia estratégica mayor: una guerra regional puede debilitar la capacidad de disuasión en otro teatro, particularmente en el Indo-Pacífico.

La tercera lección se vincula con la geografía y la estrategia. Irán no necesita derrotar convencionalmente a Estados Unidos o a Israel para generar efectos globales. Le basta con amenazar, restringir o condicionar la navegación por el Estrecho de Ormuz. En 2025 circularon por esa vía cerca de 20 millones de barriles diarios de petróleo y productos petroleros, además de una proporción significativa del comercio mundial de GNL. El control o la amenaza sobre un chokepoint puede compensar asimetrías militares. Ormuz funciona no solo como espacio operacional, sino como arma geoeconómica capaz de trasladar el costo de la guerra a mercados energéticos, aseguradoras, navieras, importadores y cadenas globales de suministro.

La cuarta lección es que la campaña contra un Estado no se limita al territorio de ese Estado. Irán conserva capacidad para ampliar el teatro a través de actores asociados, especialmente Hezbolá y otros grupos regionales. De igual manera, atacando a otros Estados en la región. Por ello, la guerra no puede entenderse como una interacción estrictamente bilateral. Opera sobre una red regional de milicias, bases, puertos, rutas energéticas, embajadas, infraestructura civil, intereses económicos y opinión pública. Un ataque contra Irán puede activar respuestas en Irak, Siria, Líbano, Yemen, el Golfo e incluso fuera de la región. La planificación militar debe incorporar desde el inicio escenarios de represalia indirecta, sabotaje, ciberataques, presión sobre aliados y operaciones de información.

A modo de ejemplo, ajustar los medios y modos a los objetivos, o bien, ajustar los objetivos a la realidad que se posee.  
Elaboración propia

La conclusión decisiva vuelve a ser política. El uso de la fuerza requiere una teoría de victoria, es decir, una explicación coherente de cómo los efectos militares producirán el resultado político deseado. Destruir blancos no equivale automáticamente a ganar. Degradar el programa nuclear, golpear mandos o bloquear puertos puede ser insuficiente si el adversario conserva voluntad, capacidad de represalia y control interno.

4. Consideraciones finales

Ambos conflictos confirman que la naturaleza de la guerra sigue siendo esencialmente la misma, pero que su carácter cambia con rapidez bajo el efecto de la doctrina, la tecnología, las capacidades y el contexto político. La principal conclusión no es que haya surgido una guerra completamente nueva, sino que los modos de emplear la fuerza se han vuelto más veloces, transparentes, interdependientes y exigentes. La guerra futura dependerá menos de plataformas aisladas que de sistemas integrados capaces de combinar observación, decisión, fuego, protección, sostenimiento y adaptación. Pero incluso esa transformación técnica sigue subordinada a una condición clásica: sin una teoría de victoria que conecte medios militares y fines políticos, el éxito táctico puede seguir coexistiendo con el fracaso estratégico.

El centro de gravedad no siempre es militar. En Irán puede residir en la cohesión del aparato de seguridad, la narrativa de resistencia, la capacidad de coerción regional y el control sobre rutas estratégicas. Así como en Ucrania podrá ser la voluntad de lucha y resiliencia de uno de los actores. Una campaña que destruye capacidades puede fracasar estratégicamente si no altera la voluntad política del adversario o si, por el contrario, crea nuevos incentivos para prolongar la confrontación.

La tecnología continuará jugando un papel central en el uso de l fuerza. En este aspecto resulta relevante no solo centrar el análisis en la comparación entre medios y armas enfrentadas. A modo de ejemplo, no es necesariamente correcto comparar el costo del valor de un misil interceptor sofisticado versus un dron de bajo valor; sino que se debe considerar el sistema necesario, para que dichos sistemas de armas funcionen eficientemente, en donde bases de datos, sistemas de mando y control, satélites, centros de datos, sistemas de energía —entre otros— cumplen un papel trascendental. El uso de ambos sistemas requerirán cada vez en forma creciente el mayor uso de sistemas integrados e inteligencia artificial, que normalmente no se ven, pero son parte consustancial del sistema de armas empleado.

John Griffiths Spielman
Director Ejecutivo AthenaLab


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