1. CONTEXTO
Los Estados europeos experimentan su proceso de rearme más significativo desde el final de la Guerra Fría. Este proceso comenzó a tomar forma en 2014, impulsado por los países de Europa Central y Oriental tras la anexión rusa de Crimea, y se extendió al conjunto del continente después de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022. A estos antecedentes se suma la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con la seguridad europea, a partir de múltiples advertencias de Donald Trump respecto de la OTAN.
En este escenario, los Estados europeos (casi todos miembros de la OTAN) han respondido con un aumento sostenido de sus presupuestos de defensa. Sumado, el gasto de defensa de los veintisiete Estados de la Unión Europea alcanzó los 418.000 millones de euros en 2025, un 20% más que el año anterior. La tendencia se reforzó durante la Cumbre de la OTAN en La Haya en 2025, donde los aliados acordaron destinar hacia 2035 al menos el 3,5% del PIB a necesidades militares y hasta un 1,5% adicional a inversiones relacionadas con seguridad[i].
Figura 1. Europa, Unión Europea y la OTAN.

El rearme europeo también ha adquirido una dimensión discursiva. Emmanuel Macron ha insistido en que Europa no puede delegar indefinidamente su seguridad en Estados Unidos y ha llamado a sus pares a “creer en nuestra soberanía y en nuestra autonomía estratégica”[ii]. En la misma línea, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha descrito la coyuntura actual como un “momento de independencia”, en el que Europa debe ser capaz de “garantizar su propia defensa y seguridad” y disponer de la “libertad y el poder determinar su propio destino”[iii].
Sin embargo, el aumento del gasto y la retórica no garantizan, por sí solos, una mayor autonomía estratégica. Si ese es el objetivo de los líderes europeos, el desafío de los países consiste en transformar esos recursos en prioridades compartidas, capacidades operacionales sostenibles y una base industrial menos dependiente de terceros. El rearme puede fortalecer las capacidades estratégicas de estos Estados, pero la pregunta central es qué tipo de autonomía está produciendo y hasta qué punto modifica la arquitectura transatlántica existente.
2. AUTONOMÍA ESTRATÉGICA: DIMENSIONES Y GRADOS
Antes que autarquía o aislamiento, la autonomía estratégica se entiende como la capacidad de uno o varios Estados que actúan coordinadamente para fijar prioridades, adoptar decisiones y movilizar recursos sin depender significativamente de decisiones e influencias externas[iv].
La autonomía estratégica puede manifestarse en tres dimensiones. La primera es decisional e institucional, y remite a la capacidad que tienen los Estados para identificar amenazas, acordar prioridades y convertirlas en decisiones ejecutables. La segunda es operacional y se refiere a la posibilidad de planificar, desplegar y sostener acciones militares mediante medios suficientes. La tercera es industrial y tecnológica, y supone la capacidad de producir, mantener y actualizar esos medios sin quedar sujeto a dependencias críticas externas.

Junto con estas dimensiones, conviene distinguir tres grados de autonomía estratégica, definidos por el margen de control que los Estados conservan frente a los apoyos externos. La autonomía es plena cuando pueden fijar prioridades, sostener operaciones y mantener sus medios sin quedar expuestos a vetos o condicionamientos decisivos de terceros. Es parcial cuando conservan capacidad propia de decisión y acción, pero requieren apoyo externo en funciones clave, como inteligencia, transporte estratégico o mantenimiento. En su nivel más bajo, es restringida cuando terceros controlan recursos indispensables y pueden limitar, suspender o condicionar su empleo.
3. LOS OBSTÁCULOS DEL REARME EUROPEO
El aumento del gasto para necesidades militares y de seguridad abre la posibilidad de una mayor autonomía estratégica para los Estados europeos. No obstante, para que ese avance se produzca en plenitud, los recursos adicionales deben traducirse en decisiones comunes y en capacidades que los Estados europeos puedan emplear con suficiente control. Hasta ahora, esa conversión continúa enfrentando obstáculos políticos, materiales e históricos.
3.1. Más recursos, pero decisiones aún fragmentadas
El primer obstáculo es político e institucional. Aunque la Unión Europea ha ampliado su participación mediante fondos e incentivos, las decisiones fundamentales sobre prioridades militares, adquisiciones y empleo de la fuerza permanecen bajo control nacional. El aumento reciente de los presupuestos tampoco ha venido acompañado de una reforma equivalente de la arquitectura institucional.
Por ejemplo, la Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) conserva una lógica intergubernamental. Sus decisiones más sensibles requieren unanimidad en el Consejo. Esta regla se vuelve especialmente restrictiva cuando opera sobre preferencias estratégicas divergentes, mientras las instituciones comunitarias carecen de autoridad para imponer una orientación común. De este modo, un solo Estado puede retrasar medidas respaldadas por la mayoría y obligar a los demás socios a buscar mecanismos alternativos. Los bloqueos del gobierno de Viktor Orbán en Hungría a distintos tramos de ayuda para Ucrania han mostrado las consecuencias prácticas de una regla[v] que el rearme reciente no ha modificado.
Los instrumentos creados para profundizar la cooperación tampoco modifican esta estructura de manera sustantiva. La Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) descansa en compromisos sin sanciones efectivas, mientras el Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE) amplía la capacidad financiera de la Unión y favorece las adquisiciones conjuntas, sin establecer una planificación vinculante para los presupuestos nacionales. Así, aunque la Comisión Europea ha ganado influencia sobre la dimensión industrial de la defensa, las decisiones militares continúan en manos de los gobiernos nacionales.
A ello se suma la ausencia de una visión estratégica plenamente compartida. Los países del flanco oriental concentran su atención en Rusia, mientras varios Estados del sur de Europa mantienen una preocupación mayor por el Mediterráneo y el Sahel[vi]. También persisten diferencias sobre la relación con Estados Unidos. Francia, por ejemplo, ha defendido una mayor capacidad europea de acción, mientras otros gobiernos, como el británico, conciben el rearme como una forma de reforzar su contribución a la OTAN.
La noción de un “pilar europeo” de la OTAN ofrece un punto de encuentro entre estas posiciones, aunque deja abierta la cuestión de cuánto margen de acción propio busca realmente el continente. La diversidad de las adquisiciones militares entre los países refleja esa ambigüedad. Polonia recurre ampliamente a proveedores surcoreanos, Alemania continúa incorporando sistemas estadounidenses[vii] y España intensifica su cooperación industrial con Turquía[viii]. Cuando estas adquisiciones responden a planificaciones nacionales no coordinadas, pueden multiplicar plataformas y cadenas logísticas, dificultando su integración a escala europea.
3.2. Más capacidades, pero dependencias todavía críticas
El segundo obstáculo es material. El aumento del gasto puede fortalecer las fuerzas europeas sin reducir necesariamente su dependencia de Estados Unidos. Tras la Guerra Fría, la especialización de funciones dentro de la OTAN llevó a los aliados europeos a confiar a Washington varias capacidades críticas[ix]. El rearme actual corrige parte de esas carencias, pero aún no sustituye los apoyos necesarios para sostener operaciones de alta intensidad.

Esos apoyos se concentran especialmente en funciones operacionales difíciles de sustituir, indispensables para desplegar y emplear las fuerzas militares de manera eficaz. Los Estados europeos mantienen déficits en transporte estratégico, reabastecimiento en vuelo, identificación y adquisición de blancos. En defensa aérea y antimisiles, aunque disponen del sistema francoitaliano SAMP/T, una parte importante de sus capacidades sigue basada en sistemas estadounidenses[x]. Estas funciones reciben menos atención que las grandes plataformas, pero determinan la posibilidad de desplegar una fuerza y sostenerla en el tiempo. En consecuencia, el aumento de aviones o unidades terrestres solo amplía la autonomía europea cuando va acompañado de información, logística y apoyos operacionales bajo control propio.
La dependencia también alcanza las tecnologías incorporadas en los sistemas militares. Equipos desarrollados o ensamblados en Europa pueden contener software y componentes estadounidenses. Esta exposición se prolonga durante el mantenimiento, la reposición de piezas y las actualizaciones. De este modo, una capacidad puede pertenecer formalmente a un Estado europeo y continuar sujeta a decisiones adoptadas fuera del continente.
El ámbito de la inteligencia ofrece un ejemplo concreto de esta vulnerabilidad. En marzo de 2025, Estados Unidos suspendió temporalmente el intercambio de información con Ucrania, lo que redujo la capacidad de Kiev para observar movimientos rusos y seleccionar objetivos[xi]. Aunque Ucrania no constituye un equivalente institucional de los aliados europeos, el episodio muestra el poder de presión que conserva quien controla un recurso indispensable para las operaciones de otro Estado.
Frente a estas dependencias, la Unión Europea ha respondido con instrumentos destinados a promover adquisiciones conjuntas y fortalecer su base industrial. SAFE y el Programa Europeo de la Industria de Defensa (EDIP), adoptados en 2025, representan avances relevantes para impulsar la autonomía estratégica, pero todavía operan en una escala limitada frente al volumen del rearme nacional. También enfrentan una dificultad temporal, ya que la consolidación de una industria integrada requiere años, mientras los gobiernos necesitan responder de inmediato a un entorno estratégico con mayores amenazas.

3.3. La persistencia de la soberanía militar nacional
Los obstáculos anteriores no operan sobre un terreno vacío. Más que constituir un tercer obstáculo independiente, la trayectoria histórica de los Estados europeos ayuda a explicar por qué la fragmentación decisional e industrial ha mostrado tanta resistencia al cambio. La guerra desempeñó un papel central en la formación de los Estados europeos. Estudios de sociología histórica han mostrado cómo las exigencias militares impulsaron sistemas tributarios más eficaces y favorecieron la concentración de los medios de coerción en manos de la autoridad estatal[xii]. La defensa quedó así vinculada desde temprano con el ejercicio de la soberanía.
La guerra también contribuyó a configurar el mapa político del continente. La competencia entre unidades cercanas favoreció a aquellas capaces de sostener el esfuerzo fiscal y militar[xiii]. De la diversidad medieval de imperios, ciudades-Estado y principados terminó consolidándose el Estado territorial como forma dominante. El control de la fuerza no fue, por tanto, una competencia añadida posteriormente, sino una dimensión constitutiva del Estado europeo.
Esta trayectoria ayuda a comprender por qué la defensa ha avanzado más lentamente que otras áreas de la integración. Compartir capacidades militares exige que los gobiernos acepten que una parte de su seguridad dependerá de decisiones adoptadas por otros Estados. También requiere especializar funciones y renunciar a ciertos medios nacionales bajo la expectativa de que los socios mantendrán su apoyo durante una crisis. El costo político de esa delegación es elevado porque afecta una prerrogativa históricamente asociada con la autoridad estatal.
Con el tiempo, esa asociación se ha reproducido en burocracias de defensa, marcos jurídicos e industrias organizadas principalmente a escala nacional. Cuando las instituciones europeas promueven una planificación común, los gobiernos conservan el control final sobre el empleo de la fuerza. Cuando la integración industrial exige concentrar la producción o distribuir capacidades entre países, los Estados tienden a proteger empresas y conocimientos considerados estratégicos.
La desconfianza importa dentro de este mecanismo, pero no como un simple residuo cultural del pasado. Surge de la vulnerabilidad que implica depender de otro gobierno para acceder a una capacidad indispensable. Esta herencia no impide la cooperación europea, aunque eleva los costos de delegar y ayuda a explicar por qué la fragmentación decisional e industrial persiste incluso cuando una mayor integración ofrecería ventajas operacionales. La trayectoria que produjo Estados capaces de hacer la guerra dificulta hoy la construcción de una defensa común que exige compartir parte de la soberanía formada alrededor de ella.
4. QUÉ AUTONOMÍA ESTÁN CONSTRUYENDO LOS ESTADOS EUROPEOS
En el corto plazo, el rearme europeo está produciendo una autonomía estratégica parcial y desigual, por debajo de las aspiraciones expresadas por algunos de sus principales líderes. Los recursos aumentan con mayor rapidez que la capacidad política para orientarlos de manera conjunta. Los Estados europeos disponen de mayores presupuestos y comienzan a recuperar capacidades debilitadas tras la Guerra Fría. Sin embargo, las decisiones siguen fragmentadas y varias funciones esenciales para operaciones de alta intensidad continúan dependiendo de Estados Unidos.
Esto no significa que el proceso actual carezca de efectos. El fortalecimiento de la base industrial europea y las adquisiciones conjuntas pueden reducir dependencias y ampliar la capacidad del continente para asumir mayor responsabilidad en su entorno. Su impacto dependerá de que los nuevos instrumentos modifiquen las decisiones nacionales y no solo financien programas paralelos.
El resultado más probable no es una defensa europea separada de la arquitectura transatlántica, sino un pilar europeo más sólido dentro de ella. En ese escenario, los Estados europeos ganarían margen para actuar y sostener algunas operaciones, mientras conservarían la garantía de seguridad estadounidense y el acceso a capacidades críticas. Así, la autonomía avanzaría como una gestión más equilibrada de la interdependencia, no como una ruptura con la OTAN.
En el mediano y largo plazo, la cuestión decisiva será si el rearme les permite a los Estados europeos complementar y controlar mejor sus vulnerabilidades o si consolida una distribución de cargas en la que gastan más, pero siguen dependiendo de Washington para emplear plenamente esas capacidades.
5. IMPLICANCIAS PARA AMÉRICA LATINA
El rearme europeo plantea un desafío relevante para los intereses estratégicos de los países de América Latina. El rápido aumento de la demanda sobre una base industrial concentrada y de expansión lenta presiona los precios en la industria de defensa y prolonga los plazos de entrega[xiv]. En caso de necesidad o renovación de capacidades estratégicas, América Latina compite por los mismos proveedores, desde Saab para los cazas Gripen y Estados Unidos para los F-16 hasta Francia para los submarinos[xv]. Sin una base industrial amplia ni mecanismos regionales que agrupen pedidos, la región dispone de escaso margen para amortiguar esa presión. El problema ya es visible en Brasil, que, ante entregas de cazas previstas hasta 2032, negocia el arriendo temporal de hasta quince aeronaves usadas[xvi].
No obstante, el proceso también abre una oportunidad industrial. La saturación de la base productiva europea impulsa a gobiernos y empresas a buscar socios fuera del continente para ampliar sus cadenas de suministro. América Latina, y Chile en particular, puede aprovechar esta apertura de tres maneras. La primera es consolidar un ecosistema nacional de innovación en defensa mediante la articulación de centros de formación técnica, universidades y empresas estratégicas, como ENAER, ASMAR y FAMAE. Esto permitiría transformar conocimiento especializado en soluciones tecnológicas y avanzar desde la compra o el ensamblaje hacia la provisión de capacidades para un mercado en expansión. La segunda es incorporarse a programas de producción conjunta. El Reino Unido, por ejemplo, promueve la construcción local de fragatas en ASMAR mediante licencias y transferencia tecnológica, siguiendo experiencias desarrolladas en Polonia e Indonesia[xvii].
Estas asociaciones pueden atraer inversión, generar empleo y facilitar el acceso a tecnologías avanzadas. La tercera es adquirir sistemas o capacidades actualmente en servicio que algunos países europeos, según informaciones de prensa[xviii], estarían evaluando intercambiar o comprar. Esta alternativa permitiría cubrir necesidades urgentes y reducir los plazos de incorporación, aunque ofrecería menores beneficios industriales.
La experiencia europea ofrece también una posible lección institucional. Su respuesta a la dependencia de Estados Unidos muestra que la autonomía puede ampliarse mediante capacidades colectivas, sin exigir una ruptura con la potencia aliada. América Latina continúa abordando buena parte de sus necesidades de seguridad mediante relaciones bilaterales y escasamente coordinadas, lo que acentúa la asimetría frente a Washington. Teóricamente, la reactivación de marcos regionales capaces de articular diagnósticos, adoptar decisiones y desarrollar capacidades compartidas podrían reducir esa fragmentación. De este modo, los países latinoamericanos podrían ampliar su margen para defender prioridades propias y relacionarse con Estados Unidos desde una posición menos desigual.
DIEGO SAZO
Jefe de Investigación en Relaciones Internacionales
CARMEN GRESSE
Ayudante de Investigación
[i] NATO, “NATO Concludes Historic Summit in The Hague”, 27 de junio de 2025, https://www.nato.int/en/news-and-events/articles/news/2025/06/27/nato-concludes-historic-summit-in-the-hague
[ii] Emmanuel Macron, “Déclaration de M. Emmanuel Macron, président de la République, sur les défis de la Communauté politique européenne”, Budapest, 7 de noviembre de 2024, https://www.vie-publique.fr/discours/296075-emmanuel-macron-07112024-communaute-politique-europeenne
[iii] Comisión Europea, “2025 State of the Union Address by President von der Leyen”, Estrasburgo, 10 de septiembre de 2025, https://ec.europa.eu/commission/presscorner/api/files/document/print/en/speech_25_2053/SPEECH_25_2053_EN.pdf
[iv] Barbara Lippert, Nicolai von Ondarza y Volker Perthes, eds., European Strategic Autonomy: Actors, Issues, Conflicts of Interests, SWP Research Paper 4/2019 (Stiftung Wissenschaft und Politik, German Institute for International and Security Affairs, marzo de 2019), https://www.swp-berlin.org/10.18449/2019RP04
[v] BBC, “Hungary’s Orbán Accused of Disloyalty and Blackmail over Ukraine Loan Veto”, BBC News, 20 de marzo de 2026, https://www.bbc.com/news/articles/cq6jrvgqeejo
[vi] Andrea Gilli, Nicole Koenig, Margarita Šešelgytė y Ricarda Nierhaus, “European Cohesion for Security and Defense”, DGAP Policy Brief 1, German Council on Foreign Relations, 4 de febrero de 2026, https://doi.org/10.60823/DGAP-26-43232-en
[vii] Sophia Besch, Erik Brown y Rafaela Uzan, “Rebalancing the Transatlantic Defense-Industrial Relationship: Regional Pragmatism in Northeastern Europe”, Carnegie Endowment for International Peace, 22 de diciembre 22, 2025, https://carnegieendowment.org/research/2025/12/rebalancing-the-transatlantic-defense-industrial-relationship-regional-pragmatism-in-northeastern-europe
[viii] Vozpópuli, “España abraza la pasión militar turca: un nuevo acuerdo naval tras comprar aviones para el Ejército del Aire”, 14 de abril de 2026, https://www.vozpopuli.com/defensa/espana-abraza-la-pasion-militar-turca-un-nuevo-acuerdo-naval-tras-comprar-aviones-para-el-ejercito-del-aire.html
[ix] James Sperling y Mark Webber, “Understanding NATO”, en The Oxford Handbook of NATO, eds. James Sperling y Mark Webber (Oxford University Press, 2025), 3-23.
[x] Max Bergmann, Otto Svendsen y Jonathan Burchell, “Europe Needs an ASAP Program for Air Defense”, Center for Strategic and International Studies, marzo 23, 2026, https://www.csis.org/analysis/europe-needs-asap-program-air-defense
[xi] Warren P. Strobel, Siobhán O’Grady, Ellen Nakashima, Missy Ryan y Kostiantyn Khudov, “U.S. Pauses Intelligence Sharing with Ukraine Used to Target Russian Forces”, The Washington Post, 5 de marzo de 2025, https://www.washingtonpost.com/national-security/2025/03/05/us-ukraine-intelligence-sharing/
[xii] Charles Tilly, “War Making and State Making as Organized Crime”, en Bringing the State Back In, eds. Peter B. Evans, Dietrich Rueschemeyer y Theda Skocpol (Cambridge University Press, 1985), 169-191.
[xiii] Hendrik Spruyt, “War and State Formation: Amending the Bellicist Theory of State Making”, en Does War Make States? Investigations of Charles Tilly’s Historical Sociology, eds. Lars Bo Kaspersen y Jeppe Strandsbjerg (Cambridge University Press, 2017), 73-97.
[xiv] AthenaLab, “Los desafíos para la industria de defensa en el nuevo orden internacional: tres visiones comparadas”, 11 de diciembre de 2024, https://www.athenalab.org/noticias/2024/12/11/documento-especial-los-desafio-para-la-industria-de-defensa-en-el-nuevo-orden-internacional-tres-visiones-comparadas/
[xv] Mathew George, Katarina Djokic, Zain Hussain, Pieter D. Wezeman y Siemon T. Wezeman, Trends in International Arms Transfers, 2025 (Stockholm: Stockholm International Peace Research Institute, marzo de 2026).
[xvi] Douglas Royce, “Saab and Embraer Unveil First Locally Manufactured Gripen E in Brazil”, Defense Security Monitor, 30 de marzo de 2026, https://dsm.forecastinternational.com/2026/03/30/saab-and-embraer-unveil-first-locally-manufactured-gripen-e-in-brazil/
[xvii] Zona Militar, “Reino Unido continúa posicionando a sus Tipo 31 para ser la futura fragata multirol de la Armada de Chile”, 27 de noviembre de 2025, https://www.zona-militar.com/2025/11/27/reino-unido-continua-posicionando-sus-tipo-31-para-ser-la-futura-fragata-multirol-de-la-armada-de-chile/
[xviii] El Mostrador. “La secreta venta de carros blindados del Ejército chileno a Alemania”, 20 de noviembre de 2025, https://www.elmostrador.cl/unidad-de-investigacion/2025/11/20/la-secreta-venta-de-carros-blindados-del-ejercito-chileno-a-alemania/