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COLUMNA | ¿Qué necesita Chile en materia de embajadores?

El Chile de las emergencias y de un Estado que debe ser ajustado en su tamaño y costo, obliga a tener que revisar ministerios como la Cancillería, su cobertura geográfica y modelo de atención.

25 de Marzo de 2026 El Líbero Richard Kouyoumdjian
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COLUMNA | ¿Qué necesita Chile en materia de embajadores?

El propósito de esta columna es dejar claro que el problema de la designación de los embajadores es bastante más complejo que designar embajadores no profesionales en países que se entienden y asumen son importantes para nosotros, dejando el resto a los embajadores de carrera.

El tema de los embajadores de la República de Chile toma especial relevancia cuando se producen los cambios de gobierno, ya que normalmente implica que aquellos que son considerados embajadores políticos o que no son de carrera deben renunciar y ser reemplazados, proceso de relevo que genera ruido y expectativas debido tanto a su condición no profesional, como porque varios podrían ser ex senadores y diputados que no pueden seguir en el Congreso, o bien están siendo designados como una compensación por ayudas entregadas en campaña o favores políticos, careciendo en algunos casos de las competencias para un buen desempeño en el puesto, algo que jamás sucedería en el sector privado cuando se seleccionan gerentes o integrantes de un directorio.

Existe una práctica aceptada y usada por todos los gobiernos, sean de diestra o de siniestra, de tener un 80% de embajadores de carrera, lo que permite al Presidente designar embajadores, jefes de misión y cónsules con rango de embajador a personas que no vienen del escalafón del ministerio de Relaciones Exteriores.

Chile para tener ordenes de magnitud, tiene 74 embajadas, 116 consulados y 12 misiones. Lo normal es ver a embajadores que no son de carrera en Buenos Aires, México, Estados Unidos de América, España, Reino Unido, OEA, y ONU entre otras, dejándose por su complejidad diplomática Perú, China, y Bolivia a los que iniciaron su carrera en la Academia Diplomática, sea que estén en servicio o en retiro.

En todos los países, excepto en Perú en donde todos hasta el canciller son diplomáticos de carrera, la práctica de designar a personas ajenas a diplomacia en posiciones de embajadores es usual. Lo que sí puede variar es el porcentaje, y el grado de preparación previa que se les da antes de iniciar su misión en el país a los que han sido destinados, lo que reduce la posibilidad de cometer errores por falta de preparación. Cosa de recordar algunos chascarros sucedidos en el gobierno anterior.

Pero el tema de los embajadores no termina ahí, es bastante más complejo y su origen está en deficiencias que tiene la carrera funcionaria de los diplomáticos chilenos. En el 2018 se promulgó la ley 21.080 que busca entre otras cosas la modernización y profesionalización de la Cancillería y de la carrera diplomática, esfuerzo útil en varios frentes, particularmente en lo que a la organización se refiere, pero que evitó entrar al fondo del problema, los incentivos para ser embajadores y no quedarse pegados en el grado de ministro consejero.

Aquellos que estando en el grado de embajador la tradición indica que se deben retirar a los 65, exigencia que no aplica a los ministros consejeros. Esta limitante, que es importante cuando sólo se cuenta con los ahorros que la carrera puede haber producido, siendo más rentable quedarse un largo tiempo en el grado de ministro consejero que ser ascendido a embajador y salir al poco tiempo. Los diplomáticos están afectos al sistema de AFP y su principal fuente de sustento una vez retirados son los ahorros que podrían haber logrado durante sus estadías en el extranjero.

La lógica indica que se debe restudiar la practica de jubilar a los 65, quizás llevándola a 70 años. De esa forma se aprovecha la experiencia y conocimientos acumulados durante la carrera diplomática, sin afectar demasiado el tiraje para los más jóvenes. Lo que sí está claro es que el tema de la carrera funcionaria debe ser atendido, buscándose corregir las deficiencias que son por todos sabidas, esperando que ADICA apoye los cambios que se acuerden para resolver una vez por todas esta ilógica situación.

Dicho lo anterior, y estando ya adentrados en el siglo XXI, en la era de la digitalización y la IA, cabe la pregunta de cómo queremos manejar nuestras relaciones, el modelo de atención, de cuantas embajadas, consulados y misiones necesitamos, como también si la distribución es la adecuada y ajustada al interés nacional, el que como se he indicado anteriormente está en lo vecinal, en los Estados Unidos de América, China, India y países del Asia, algunas capitales europeas que siguen siendo relevantes para los intereses chilenos, y misiones como las que tenemos en la ONU y son la representación del multilateralismo, todavía pueden utilidad para Chile.

A modo de ejemplo, Singapur atiende Chile con una embajadora no residente que está en la ciudad de Singapur, desde donde cubre no sólo nuestro país, sino buena parte de Sudamérica. Nosotros en cambio tenemos una embajadora residente en ese país. El tema está en revisar y modelar lo que necesitamos, los beneficios y costos de modelos con embajadores no residentes, los países que se pueden manejar en esa forma vs los que necesitamos tener presencia física permanente.

Otro tema para revisar en materia de relaciones exteriores está en el hecho de que la planta está limitada a 500 desde el año 1979. Para el modelo actual de atención y la distribución de geográfica que tenemos es insuficiente, pero si cerramos las embajadas, consulados y misiones que no agregan valor, nos movemos a un modelo híbrido que combina embajadas y consulados sólo en los lugares estratégicos, y atendemos el resto vía remota o visitas regulares, podemos manejarnos con los 500 o menos si los números así lo indican, pudiendo asignar más gente a departamentos estratégicos como son la Dirección de Planificación Estratégica, lugar en donde se debiera confeccionar la política y estrategia de relaciones exteriores; la Dirección de Fronteras y Límites, donde fijamos fronteras terrestres y marítimas, y el Instituto Antártico Chileno, lugar desde donde manejamos nuestros intereses en la Antártida.

El Chile de las emergencias y de un Estado que debe ser ajustado en su tamaño y costo, obliga a tener que revisar ministerios como la Cancillería, su cobertura geográfica y modelo de atención. De seguro si lo hacemos veremos que no falta presupuesto, lo contrario sobra, y, lo que es más, que no necesitamos embajadores políticos o que no sean de carrera, pudiendo cubrir las necesidades con la actual planta de ministros consejeros y embajadores de carrera, más aún si alargamos su carrera hasta los 70 años.

Lo que este gobierno no puede hacer son las trampas en el solitario que hizo el gobierno anterior, promoviendo consejeros y consejeras al grado de embajador, sin la experiencia o madurez correspondiente, buscando promover a los afines, pero no resolviendo los problemas de fondo de la carrera funcionaria, y faltando el respeto a todo el resto del escalafón profesional de la Cancillería. El caso de la embajadora que teníamos en Nueva Zelanda representa todo lo que no queremos para nuestro servicio exterior, promovida más allá de sus capacidades y con agenda propia, lo que nos lleva a un nuevo problema, la ausencia de un buen sistema de evaluaciones y promociones. El actual ha demostrado fallar con una frecuencia inaceptable.

Lo otro es la ausencia de un adecuado sistema de educación y de actualización de capacidades de los diplomáticos. La Academia Diplomática hace un buen trabajo, pero la carrera diplomática al igual que la de las Fuerzas Armadas, requiere de una permanente capacitación que debe reconocer las geografías e idiomas, como también la complejidad de las posiciones que se van asumiendo conforme avanza la carrera. La idea es tener diplomáticos de la más alta calidad y capacidades, unos que representen de la mejor forma a Chile y los chilenos.

En resumen, el tema de los embajadores es bastante más complejo que la cantidad de embajadores que no sean de carrera y los países a los que se destinan. Es un tema que no podemos seguir evitando, me refiero a definir el modelo de relaciones exteriores que Chile necesita, y con ello el tipo de profesionales y medios que se requiere para una efectiva relación con el resto del mundo, la protección del interés y seguridad nacional.

Richard Kouyoumdjian
Vicepresidente Ejecutivo AthenaLab

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