Esta semana, el presidente estadounidense Donald Trump realiza una visita de Estado a China. Su reunión con Xi Jinping, la segunda bilateral en ese país desde 2017, ocurre en un contexto internacional altamente tensionado. Los conflictos en Medio Oriente y Ucrania, junto con la guerra comercial y las fricciones recientes en torno a la competencia tecnológica, elevan la importancia de una cita cuyas expectativas son tan altas como inciertas.
Aunque la agenda que se discutirá a puertas cerradas es desconocida, se espera que temas como el futuro de Taiwán, la disputa por los semiconductores avanzados, las tierras raras y la regulación de la inteligencia artificial estén sobre la mesa. Sin embargo, casi tan importante como la agenda son las expectativas políticas con las que Washington y Beijing llegan a este encuentro.
En un lado de la mesa estará el presidente Trump; arriesgado, impulsivo, impredecible en sus decisiones y convencido de que China conspira para reemplazar a Estados Unidos como primera potencia mundial. En el otro lado estará Xi, con un liderazgo paciente, disciplinado, implacable con la disidencia interna y confiado de que el ascenso chino es históricamente inevitable.
Desde la perspectiva estadounidense, los rasgos trumpistas expresados en la política exterior han tenido resultados desiguales hasta ahora. En Venezuela, el arrojo internacional removió a Maduro del poder y logró cooptar al régimen chavista, mientras que en Irán desencadenó una guerra costosa y desestabilizadora para la región. Con China, el enfoque de relacionamiento debería ser diferente por razones históricas, culturales y de competencia estratégica. Al menos eso sugeriría un conocedor profundo de las relaciones entre Estados Unidos y China: Henry Kissinger.
2. Kissinger, consejero y conocedor de China
Por varias décadas, Kissinger (1923-2023) fue consejero de casi todos los presidentes estadounidenses sobre la cuestión china, en buena medida por su experiencia excepcional. Fue interlocutor directo de figuras clave como Mao Zedong y Deng Xiaoping, con quienes generó confianzas y acuerdos duraderos. Con más de cincuenta visitas al país, Kissinger pudo observar de cerca la apertura estratégica y el posicionamiento influyente del gigante asiático en el mundo de hoy.
En sus últimos años, Kissinger llegó a la convicción de que Washington y Beijing se habían persuadido mutuamente de que el otro representaba un peligro estratégico. Para el exsecretario de Estado, cuando la percepción de peligro se consolida entre potencias nucleares, las disputas específicas dejan de ser asuntos acotados y se interpretan como pruebas de una confrontación mayor. La política, entonces, pierde flexibilidad y cada incidente tiende a cargarse de un significado más amplio, pudiendo generar consecuencias catastróficas.
En un mundo crecientemente inestable y conflictivo, ¿qué consejos ofrecería Kissinger a Trump en la antesala de su cita con Xi? Como exponente de la Realpolitik, cualquier recomendación de Kissinger estaría precedida de un diagnóstico sobre las condiciones que configuran la realidad política y las capacidades de los actores intervinientes. Al respecto, tres elementos resultan decisivos.
3. El diagnóstico
3.1. Cómo es China y cómo piensa
Para Kissinger, el primer factor distintivo de China es su condición de civilización-Estado, con una continuidad histórica excepcional. A diferencia de otras civilizaciones que se fragmentaron o desaparecieron, China ha mantenido a lo largo de los siglos una poderosa conciencia de unidad. Según Kissinger, esa trayectoria ha dejado una marca política profunda e intransable, que se manifiesta en que cualquier división interna es vista como una anomalía transitoria respecto del orden originario. Esa memoria histórica es decisiva para entender su postura sobre la situación actual de Taiwán.
De esa continuidad también deriva una determinada forma de auto-interpretarse en el mundo. Durante largos períodos, China se concibió como el centro civilizatorio principal de un orden jerárquico más amplio: “todo bajo el cielo” (Tianxia en chino). Esa visión ayuda a comprender por qué su diplomacia histórica no se organizó bajo la lógica occidental de pares iguales, sino en torno a relaciones asimétricas, estratificadas, graduadas según cercanía, utilidad o amenaza. En ese marco, la estabilidad de su entorno importó más que la expansión territorial al estilo europeo del siglo XIX.
Kissinger subraya que esa tradición sino-céntrica produjo una cultura estratégica distinta. En lugar de privilegiar la confrontación abierta o la batalla decisiva, el pensamiento chino ha tendido a valorar la paciencia, la maniobra indirecta, las ventajas graduales y la erosión progresiva del adversario. No se trata solo de fuerza material, sino de tiempo, posición, percepción y control del entorno. Para Kissinger, entender esa diferencia es clave, ya que cualquier negociación con China debe anclarse en esos parámetros antes que en las categorías occidentales de costo-beneficio y resultados de corto plazo.
3.2. Los intereses nacionales de Estados Unidos hoy
El paso siguiente del diagnóstico de Kissinger sería precisar cómo se ordenan los intereses nacionales de Estados Unidos frente a una contraparte como China. Antes de Trump, Estados Unidos insistía en articular sus intervenciones globales como expresión de su destino manifiesto, es decir, rehacer el mundo a su propia imagen como una sociedad libre, democrática y capitalista. Sin embargo, después de Trump las preferencias normativas han sido reemplazadas por una jerarquía estratégica vinculada a la preservación de la seguridad, la hegemonía internacional y la prosperidad económica.
Estos intereses se operativizan en la política exterior estadounidense a partir de tres ejes. El primero es evitar que la rivalidad con otras potencias derive en una confrontación directa mediante la disuasión militar y tecnológica. El segundo es mantener la credibilidad de Estados Unidos en Asia, con Taiwán como punto más sensible de esa ecuación. El tercero es resguardar la base económica interna y el margen de maniobra necesarios para sostener una competencia prolongada sin caer en guerras periféricas de desgaste.
En ese marco, activos como los semiconductores, la IA, las cadenas de suministro, los minerales críticos y la industria avanzada dejan de aparecer como asuntos exclusivamente económicos y pasan a integrar el núcleo duro del interés nacional. Algo similar ocurre con Taiwán, pues más que una causa abstracta o una simple ficha de negociación, la isla condensa problemas de credibilidad, equilibrio regional y riesgo de escalada, con alto potencial de impacto sobre los intereses estadounidenses.
3.3. El sistema internacional bajo presión
El perfilamiento de China y Estados Unidos adquiriría en 2026 una densidad especial para Kissinger. La guerra en Ucrania se encuentra lejos de un armisticio. Tras una breve tregua impulsada por Washington, los combates, los ataques con drones y la desconfianza entre Moscú y Kiev muestran que ni la violencia ni la negociación han producido aún un camino de salida sostenible. Al mismo tiempo, la guerra con Irán demostró que una crisis regional puede expandirse con rapidez hacia el Golfo, comprometer infraestructuras civiles, afectar el estrecho de Ormuz y arrastrar a actores que buscaban mantenerse al margen.
Lo decisivo, desde una mirada realista, no es solo la existencia de varios conflictos simultáneos, sino la forma en que estos introducen inestabilidad en el sistema. Cuando se acumulan guerras abiertas, la cooperación se dificulta, la diplomacia pierde influencia y aumenta el riesgo de que disputas regionales terminen conectándose entre sí. En ese contexto, la relación entre Estados Unidos y China deja de ser un problema aislado y pasa a insertarse en un tablero sobrecargado, donde comercio, tecnología, energía, seguridad marítima y equilibrio militar se entrelazan cada vez más.
La visita de Trump a Beijing ocurre, por tanto, en un momento en que el margen para errores de cálculo es menor y el costo de una mala lectura recíproca es potencialmente mucho mayor.
4. Consejos desde la Realpolitik
De acuerdo a este diagnóstico de condiciones y capacidades de los actores, Kissinger posiblemente ofrecería tres consejos al mandatario estadounidense.
4.1. Consejo 1: Aceptar la persistencia del conflicto
El primer consejo de Kissinger a Trump probablemente sería aceptar la condición imperecedera del conflicto. En su marco conceptual, los Estados soberanos tienen intereses y, por lo mismo, es normal que estos colisionen. El problema aparece cuando esos intereses dejan de poder negociarse y pasan a organizarse alrededor de la sospecha y la amenaza militar. En ese punto, una crisis concreta puede escalar hacia una confrontación sistémica. Kissinger no le diría a Trump que ponga fin a la rivalidad con China, sino que asuma su carácter estructural, en el que ambas potencias se perciben mutuamente como amenazas estratégicas y que compiten, al mismo tiempo, por poder, tecnología, prestigio e influencia.
Kissinger advertiría que una rivalidad de esta magnitud no se elimina, sino que se administra. Y administrarla exige jerarquía estratégica, sentido histórico y límites claros. Jerarquía, para distinguir entre intereses vitales (supervivencia) e intereses secundarios. Sentido histórico, para entender que China no interpreta esta competencia como un episodio pasajero, sino como parte de una trayectoria de largo plazo. Y límites claros, para evitar que la presión recíproca derive en una dinámica sin control.
Por lo tanto, Kissinger desaconsejaría tanto el maximalismo como la ingenuidad. Sugeriría asumir que el conflicto persistirá y que, precisamente por eso, la tarea central de la política exterior consiste en impedir que esa rivalidad estructural desemboque en una confrontación abierta. Sobre esa base se vuelve necesario un segundo consejo: no solo aceptar el conflicto, sino mantenerlo dentro de un cierto equilibrio.
Figura 1. Reapolitik según Kissinger. Tres consejos en cascada

4.2. Consejo 2: Preservar el equilibrio de poder
Si el conflicto con China es persistente, el segundo consejo de Kissinger sería evitar que esa rivalidad desborde el umbral de lo tolerable. Para ello, Trump no debería aspirar a una confianza genuina con Beijing, sino a una coexistencia sin confianza, sostenida por un equilibrio de poder suficientemente claro, aunque siempre precario e imperfecto. En una relación de esta naturaleza entre superpotencias, la estabilidad no descansa en afinidades políticas ni en expectativas de convergencia, sino en la convicción compartida de que desbordar ciertos límites tendría costos devastadores.
Esa lógica exige un intercambio estratégico condicionado. Estados Unidos y China pueden negociar, cooperar parcialmente o contener crisis específicas, pero sin perder de vista que siguen siendo competidores estructurales. Entonces, el objetivo no sería construir una asociación profunda, sino impedir que la rivalidad se transforme en una espiral de tensión, represalia y sobrerreacción. Para Kissinger, esa era precisamente la función del equilibrio de poder: no eliminar el desacuerdo, sino impedir que los desacuerdos particulares se conviertan en pruebas terminales de la relación.
En el contexto actual, esa prudencia adquiere todavía más importancia. Con varios frentes de tensión abiertos en el sistema internacional, una ruptura grave entre Washington y Beijing tendría efectos mucho más amplios que los de una disputa bilateral ordinaria. Por eso, el equilibrio no debe entenderse como una tregua de buenas intenciones, sino como un principio de contención. Y esa contención se vuelve todavía más necesaria cuando entran en juego temas que, por su sensibilidad, no conviene forzar hacia una resolución definitiva.
4.3. Consejo 3: Subordinar los principios a la prudencia estratégica
El tercer consejo de Kissinger a Trump apuntaría a un problema más delicado para los críticos de la Realpolitik: la relación entre principios y pragmatismo. Kissinger no le sugeriría a Estados Unidos renunciar a sus valores, pero sí evitar que ciertos principios empujen automáticamente a una confrontación armada en asuntos de máxima sensibilidad. En política internacional, no todos los desacuerdos admiten una resolución definitiva sin elevar en exceso los riesgos del sistema. Y cuando lo que está en juego es la relación entre dos grandes potencias, forzar definiciones puede ser más peligroso que administrar ambigüedades.
Ese razonamiento sería especialmente válido para Taiwán. Kissinger probablemente advertiría que intentar resolver en forma concluyente una disputa de soberanía de esa magnitud no necesariamente produciría más estabilidad. De hecho, podría precipitar una crisis mayor. Una nueva détente, en este contexto, no implicaría apaciguar a China ni esperar ingenuamente que se liberalice. Significaría algo más sobrio: acordar el desacuerdo. Es decir, aceptar que existen conflictos cuyo manejo prudente exige evitar tanto la claudicación como la definición terminal. En sus memorias, Kissinger recordaba que Mao no tenía apuro sobre Taiwán y que podían esperar 100 años para resolver el asunto. Esa relación china con el tiempo amplía el horizonte estratégico de maniobra.
Por tanto, el objetivo de Washington no debe ser cerrar prematuramente todas las ambigüedades, sino impedir que desemboquen en guerra. Kissinger entendería que, en un mundo con armas nucleares y un desarrollo exponencial de la IA, una confrontación abierta entre grandes potencias ya no sería una guerra clásica, sino un riesgo civilizatorio. Precisamente por eso, la prudencia estratégica no equivale a debilidad. Más bien significa reconocer que, frente a ciertos conflictos, contener la escalada puede ser una forma superior de la política.
5. Conclusiones
En ojos de Kissinger, la reunión entre Trump y Xi importa menos por los anuncios que pueda producir que por el tipo de relación que contribuya a consolidar. El problema de fondo no es la existencia de rivalidad entre Estados Unidos y China: esta ya es estructural. La dificultad es que, en un sistema internacional cargado de guerras, presiones tecnológicas y percepciones recíprocas de amenaza, esa competencia puede dejar de ser administrable y convertirse en una secuencia de crisis cada vez más difíciles de contener.
Desde esa perspectiva, el mayor error de Washington sería confundir firmeza con maximalismo, o creer que toda ambigüedad es una debilidad que debe ser corregida de inmediato. La lectura del pensamiento de Kissinger apuntaría en otra dirección. China no actúa como una potencia occidental más, sino desde una memoria histórica, una temporalidad estratégica y una concepción del orden distintas. Estados Unidos, por su parte, no enfrenta solo un desafío comercial o militar, sino una competencia prolongada en la que está en juego su propia hegemonía. Sobre esa base, la tarea no consiste en resolver la rivalidad, sino en devolverle límites políticos.
La oportunidad de China, entonces, no reside necesariamente en derrotar a Estados Unidos, sino en esperar que se desgaste. Un Washington abrumado entre Ucrania, Medio Oriente, Taiwán, la competencia tecnológica y sus propias fracturas internas ofrece a Beijing un espacio estratégico que Kissinger habría observado con preocupación. Asimismo, la polarización de la sociedad estadounidense vuelve incierta la continuidad de sus compromisos, debilita la previsibilidad de su diplomacia y facilita que China apueste por una estrategia de largo aliento, presentándose como un polo de estabilidad frente a la inconstancia de su rival. Ese es, precisamente, el desafío que Trump enfrentará en Beijing. No solo negociar con Xi, sino demostrar que Estados Unidos aún puede sostener una estrategia más larga que sus propias crisis.
La oportunidad de China, entonces, no reside necesariamente en derrotar a Estados Unidos, sino en esperar que se desgaste. Un Washington tensionado por Ucrania, Medio Oriente, Taiwán, la competencia tecnológica y su propia polarización interna ofrece a Beijing un espacio estratégico que Kissinger habría observado con preocupación. Esa dispersión debilita la previsibilidad estadounidense y permite a China apostar por una estrategia de largo aliento, presentándose como un polo de estabilidad frente a la inconstancia de su rival. Ese será, precisamente, el desafío de Trump en Beijing: no solo negociar con Xi, sino demostrar que Estados Unidos aún puede sostener una estrategia más larga que sus propias urgencias.
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Jefe de Investigación en Relaciones Internacionales
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