Quien se adapta primero prevalece: poder terrestre y transformación urgente en la Land Warfare Conference 2026

Quien se adapta primero prevalece: poder terrestre y transformación urgente en la Land Warfare Conference 2026

Resumen ejecutivo

La Land Warfare Conference 2026, organizada por el Royal United Services Institute (RUSI),  confirmó que el poder terrestre vuelve a ocupar el centro de la disuasión occidental, como respuesta concreta a dos preguntas que recorrieron la instancia: ¿Qué tipo de poder se requiere fundamentalmente para doblegar la voluntad de lucha y someter con efectividad a un adversario, o producir un cambio de régimen? De allí se derivó la segunda: ¿Qué haríamos distinto si supiéramos que debemos combatir esta misma noche? Estas ideas planteadas en la apertura de la conferencia por el Chief of the General Staff británico (CGS) y validadas políticamente por el propio secretario de Defensa del Reino Unido en su intervención organizaron el encuentro y guiaron el enfoque del debate. En lugar de centrarse en los principios declarativos de la guerra, se enfocaron en las capacidades disponibles y necesarias para confrontar amenazas en el dominio terrestre.

El diagnóstico estratégico que abrió la conferencia describe una nueva era marcada por la guerra híbrida rusa como antesala deliberada de un conflicto cinético y por la incertidumbre creciente sobre la sostenibilidad del compromiso estadounidense con Europa. Sobre esa base, el general sir Roly Walker, CGS del Ejército británico, articuló ciertos imperativos que privilegian la interoperabilidad con la OTAN, así como las operaciones multidominio en todos los niveles de conducción;  el nivel de Cuerpo de Ejército como unidad de generación de efectos, y un modelo de fuerza que combina sistemas de alta protección con medios asequibles y consumibles. Las distintas sesiones profundizaron esa misma lógica desde ángulos complementarios; entre ellos, la imposibilidad de los países de disuadir en forma independiente; el diseño de fuerzas a partir de la tarea y no del inventario heredado; la integración de los nuevos desarrollos con lo existente bajo un modelo que conecta a personas, datos y máquinas, y, por último, la letalidad entendida como propiedad del sistema antes que atributo de una plataforma aislada. Además, la experiencia ucraniana atravesó toda la conferencia como evidencia empírica de estas ideas y como advertencia explícita sobre los costos de una disuasión fallida.

Este reporte cierra con una descripción de las implicancias de este diagnóstico para las Fuerzas Armadas y, en particular, para el Ejército de Chile, en torno a la escala mínima viable de medios, la integración entre la fuerza militar y la industria, y la pregunta de fondo sobre qué tipo de ejército necesita efectivamente nuestro país.

1. Introducción

El presente reporte analiza la Land Warfare Conference 2026, organizada por RUSI, en Londres, bajo el lema “El poder terrestre como fundamento de la disuasión”. El marco de la conferencia queda establecido desde sus dos mensajes de bienvenida. El general sir Roly Walker, Chief of the General Staff del Ejército británico, planteó que el valor del poder terrestre es ante todo político, ya que comprometer fuerzas terrestres comunica que el resultado importa. Esto se debe a que se pone en riesgo el activo más vital de un Estado, que es la sangre de sus soldados, y esa señal de resolución se demuestra en la presencia permanente británica en el flanco este de la OTAN. El Dr. Jack Watling, de RUSI, complementó esa lectura al situar el deterioro del entorno de seguridad en clave material. Mencionó episodios concretos, como el cierre del estrecho de Ormuz y la transición ucraniana desde la guerra posicional hacia nuevos esquemas de armas combinadas. Además, afirmó que la capacidad de retener terreno es la base desde la cual la fuerza terrestre impone costos a la agresión.

Ambos mensajes convergen en una misma conclusión, aunque la justifiquen desde ángulos distintos, uno político y otro funcional, y esa concordancia anticipó el tono de la conferencia. A lo largo de dos jornadas y doce sesiones, líderes de Estados, comandantes en jefe de Ejércitos occidentales y representantes de la industria de defensa y de la academia examinaron qué capacidades reales sostienen hoy esa disuasión y qué tan urgente es la brecha entre la fuerza militar actual y la que la amenaza actual exige. Este reporte recorre ese contenido organizado en un panorama general de la conferencia, el desarrollo temático de cada sesión agrupada por bloques afines y un análisis de las implicancias que estos hallazgos tienen para las Fuerzas Armadas y, en particular, para el Ejército de Chile, cerrando con las conclusiones del análisis.

2. Panorama general de la conferencia

La Land Warfare Conference 2026, organizada por RUSI, entregó un mensaje de consenso sostenido entre el nivel político y el militar sobre la urgencia de transformar el poder terrestre occidental. Esa premura se articuló desde la apertura en torno a una pregunta que estuvo presente de forma explícita o implícita en prácticamente todas las sesiones: ¿Qué estaríamos haciendo distinto si supiéramos que debemos combatir esta misma noche? El discurso del ministro de Defensa del Reino Unido validó esa urgencia al reconocer un abandono acumulativo en materias de defensa producto de años de desinversión, mientras el discurso de cierre del jefe del Estado Mayor Conjunto la llevó a un plano crítico al preguntar si el Ejército que se está diseñando es el que el Estado necesita, o bien el que la propia institución militar prefiere construir.

La conferencia avanzó de forma consistente desde el diagnóstico estratégico hacia la capacidad concreta, centrándose en la vigencia de las actuales y en los desarrollos que eran requeridos para sostener el esfuerzo de la guerra. Las primeras sesiones situaron el problema en su dimensión estratégica, describiendo una Rusia que utiliza la guerra híbrida como antesala deliberada de la confrontación cinética y una OTAN que enfrenta la incertidumbre sobre la sostenibilidad del compromiso estadounidense. Las sesiones intermedias trasladaron ese diagnóstico al plano de la generación de fuerza, abordando cómo lograr un alistamiento inmediato, qué tipo de fuerza diseñar y cómo integrar capacidades nuevas con las plataformas existentes. Las siguientes sesiones confirmaron que esa transformación depende en última instancia de la base industrial, en tanto ninguna capacidad militar diseñada o integrada puede sostenerse en el tiempo si la industria de la defensa no es capaz de producirla y reabastecerla al ritmo que exige un conflicto de gran escala.

En este sentido, Ucrania funcionó como referencia transversal de todo el programa y no como un tema aislado en una sesión específica. Su experiencia aparece citada como evidencia empírica de adaptación acelerada en sesiones dedicadas al diseño de fuerza y a la letalidad como sistema, y fue empleada también como advertencia explícita en el discurso de cierre, donde se recordó que en ese caso la disuasión falló. Esa doble función de Ucrania, como laboratorio de innovación y como advertencia de fracaso, fue un rasgo distintivo del encuentro y confirma a esa guerra como el ejemplo más directo disponible para evaluar y orientar la propia preparación occidental para disuadir y, si es necesario, combatir.

3.1 El contexto estratégico: Rusia, la OTAN y Ucrania

La conferencia comenzó su diagnóstico estratégico con una constatación de cambio de época. La invasión a Ucrania cerró una era de gestión de crisis y abrió una fase estructural distinta, más rápida en su ritmo y más centrada en el territorio; una en la que Rusia busca debilitar el sistema de seguridad euroatlántico utilizando la guerra como instrumento. En ese marco, la guerra híbrida se entiende como una antesala deliberada, ya que para Moscú la desestabilización es preparación para una eventual fase cinética. La respuesta de la OTAN ante este escenario exige una estrategia que cumpla dos funciones simultáneas: sostener el esfuerzo colectivo actual frente a Rusia y prepararse, al mismo tiempo, para un eventual conflicto de mayor escala. Para lograrlo, la Alianza avanza hacia una estructura multidominio, la cual opera por encima del nivel nacional, con el objetivo de reducir la incertidumbre acerca de la disposición de cada miembro para contribuir en momentos de necesidad.

Esa incertidumbre se complejiza ante la sostenibilidad del compromiso estadounidense con Europa. La contención de Rusia hasta ahora responde tanto a la resistencia ucraniana como a la disuasión de la alianza atlántica, pero ese equilibrio podría perderse en la medida en que el conflicto se encamine hacia algún tipo de resolución y Washington reoriente capacidades hacia otros teatros. Los tres escenarios planteados para una eventual OTAN 3.0 van desde la continuidad del compromiso estadounidense hasta un repliegue parcial del país americano, en el que Europa logra absorber mediante un ajuste estratégico, y finalmente un escenario adverso, en que los países europeos deberán asumir mayores riesgos y prepararse para escalar con una disuasión nuclear acompañada de una disuasión convencional robusta. El supuesto que atraviesa los tres escenarios es que Rusia ya está construyendo en paralelo una fuerza orientada a enfrentar a la OTAN de forma asimétrica; es decir, en un contexto de menor presencia estadounidense, lo que convierte la planificación de contingencia europea en un ejercicio de urgencia más que de prudencia.

Las propias vulnerabilidades internas rusas matizan, sin embargo, ese diagnóstico de amenaza creciente. El costo político y fiscal de la movilización recae cada vez más sobre gobiernos locales en lugar del gobierno central, en un contexto donde los combatientes dispuestos a luchar por incentivos económicos se está comenzando a agotar, y el Kremlin ha evitado una movilización general por temor a la inestabilidad política que generaría. A esto se suma una sociedad rusa que comienza a sentir la guerra con mayor cercanía, sin que ello configure todavía un punto de quiebre. De esta forma,  el desenlace del conflicto dependería menos de un colapso militar que del declive económico sostenido de Rusia para financiar la guerra.

La intervención —durante el seminario— del ministro de Defensa de Ucrania, en el cargo desde mediados de enero de 2026, confirma este diagnóstico. Su descripción de la importancia de motivar a la población de manera simultánea a mantener el alistamiento operativo de la fuerza sitúa el desgaste del capital humano como la restricción más severa que enfrenta Ucrania hoy, evidencia del costo de movilización descrito en el párrafo anterior, pero ahora desde el lado ucraniano del conflicto. Frente a esa restricción, la respuesta ha sido doble: apertura a soldados y empresas privadas internacionales como complemento de la propia fuerza y una reorganización constante del Ejército en función de la evolución de las operaciones. El dato de una tasa de intercepción de misiles del 91% confirma que la innovación tecnológica acelerada produce resultados medibles en el terreno. Además, respalda el argumento doctrinal central de la intervención del ministro, según el cual la asimetría es la única vía para derrotar a Rusia, sostenida mediante una innovación e iniciativa constantes que mantienen al adversario permanentemente desequilibrado y obligado a reaccionar.

3.2 Land power, disuasión y los imperativos de transformación

El discurso inaugural del CGS británico responde directamente al diagnóstico estratégico anterior, al plantear que el valor del poder terrestre es ante todo político. Para ese líder militar, el propósito último del Ejército es combatir y generar las condiciones que permiten al liderazgo político asegurar acuerdos y resultados favorables. Por otra parte, indicó que el desarrollo de capacidades terrestres se justifica tanto por su efecto disuasivo como por su contribución económica, en tanto la inversión en defensa reconecta al Ejército con la sociedad a la que sirve. Esta defensa dual del land power, como instrumento estratégico y como activo económico y social, busca anclar el gasto militar en un consenso doméstico más amplio.

El núcleo de la intervención del CGS consistió en cinco imperativos que actúan como una hoja de ruta de adaptación urgente más que un programa de modernización gradual. El primero, OTAN first, subordina las decisiones de inversión británicas a una secuencia de problema, piloto y plataforma que se deben alinear con las prioridades de la Alianza, lo que supone una cesión deliberada de autonomía doctrinal a cambio de interoperabilidad. El segundo, el compromiso pleno con el Allied Rapid Reaction Corps, sitúa al nivel de cuerpo de ejército como la unidad de generación de efectos más relevante, combinando personal y material bajo un esquema de desarrollo de capacidades top down liderado por la OTAN, con la inteligencia artificial como habilitador transversal. El tercero, el modelo 20:40:40, es quizás el más relevante desde el punto de vista doctrinal, porque formaliza la idea de que la letalidad futura descansa en un ecosistema donde sistemas de bajo costo y alto poder de destrucción conviven con plataformas de mayor protección y permanencia dentro de un único sistema de combate.

El cuarto, el warfare development system, iguala conceptualmente el alistamiento y la transformación, sugiriendo que ya no es posible mantenerlas como procesos secuenciales o separados. El quinto, centrado en el soldado, se traduce en gestos concretos de compromiso con el flanco oriental, como el despliegue de una brigada de reserva a Alemania, reforzando el mensaje de que el compromiso británico con la OTAN no es solo declarativo.

Esta arquitectura de imperativos se sintetiza en una intención operacional clara —strike deep, defend forward, and build stronger—, orquestada bajo el sistema ASGARD (sistema de targeting digital) y orientada a la disuasión en el flanco este europeo. La lógica operacional es defender lo más adelante posible, como primera prioridad, y si la disuasión falla, golpear en profundidad para detener al adversario antes de que consolide su avance. Esa lógica descansa, según el CGS, en tres atributos fundamentales, que son la capacidad de destrucción de fuerzas, la protección y la sostenibilidad, a los que se suma la necesidad de incrementar el tempo y el alcance de las operaciones. Esto se basa en la necesidad de facilitar el acceso de capital privado a la defensa, en tanto los recursos y el talento se vuelven, junto a las personas y el material, recursos estratégicos de la mayor relevancia en sí mismos.

3.3 Generación de fuerzas: integración multinacional, alistamiento y diseño de fuerza

La disuasión, para ser efectiva, enfrenta hoy una restricción estructural que es compartida por todos los ejércitos occidentales: la imposibilidad de generarla en solitario. Esto se debe a que ningún país dispone por sí mismo de la masa suficiente para sostenerla. Esa restricción traslada el problema desde el diseño nacional de fuerzas hacia un esquema de integración multinacional, el cual opera cada vez con mayor claridad al nivel de cuerpo de ejército, antes que al de brigada o batallón; siendo este el nivel donde ocurren hoy, efectivamente, las operaciones multidominio con capacidad tanto ofensiva como defensiva.

La transformación se entiende en este contexto como prioridad inmediata y no como proceso de fondo, y exige interoperabilidad real entre fuerzas que, de otro modo, permanecerían fragmentadas ante a un adversario que no enfrenta esa misma limitación. El alistamiento, por su parte, deja de concebirse como una aspiración progresiva para convertirse en una condición permanente (estar listos para combatir esta misma noche), lo que invierte la lógica tradicional de generación de capacidades. El diseño de fuerzas ya no puede partir de la pregunta sobre qué se tiene disponible, sino de qué tarea hay que cumplir hoy, y ese cambio de punto de partida obliga a repensar el equipamiento necesario y los procesos cognitivos de decisión, en un entorno donde la inteligencia artificial acelera el ciclo de decisión sin sustituir el juicio humano. La experiencia de Ucrania añade una advertencia concreta a esta urgencia. Las estructuras de fuerza actuales en los ejércitos occidentales no son sustancialmente distintas a las que existían al inicio de esa guerra. Esto revela que la renovación pendiente debe ser profunda y que no se resolverá con una reafirmación discursiva del compromiso con la disuasión. La lección de fondo es que los ejércitos, tal como están configurados hoy, no serán viables en un próximo conflicto de alta intensidad.

El diseño de fuerza que responde a estas exigencias se articula en torno a una arquitectura de sistemas integrados más que a una proporción fija de plataformas, donde la ventaja no solo proviene de sumar más medios individuales, sino que también de conectar integralmente cada sistema dentro de un ciclo de decisión y ataque más corto. La masa, lejos de ser un concepto superado por la precisión y la tecnología, sigue siendo relevante, pero ahora depende críticamente de cadenas de suministro industriales resilientes y de una aceleración sostenida del abastecimiento de recursos. Las prioridades concretas que se derivan de este enfoque incluyen protección, fuego de largo alcance e indirecto, guerra electrónica a nivel táctico, integración de vehículos no tripulados y mando y control con inteligencia artificial incorporada; todas subordinadas a una misma exigencia de fondo, que es la velocidad. La superioridad se mide por la rapidez con que esa fuerza puede ser rediseñada, reabastecida y reconectada en el sistema antes de que el adversario lo haga. Esto confirma, desde luego, que el diseño de fuerzas y la actualización del modelo de adquisiciones son, en la práctica, el mismo problema.

3.4 Integrar lo nuevo con lo existente: mando, control y letalidad como sistema

La necesaria innovación tecnológica no reemplaza los sistemas de combate existentes, sino que debe insertarse en ellos, y esa integración constituye un desafío doctrinal tan complejo como la innovación misma. Considerando que parte importante del modo de combate actual sigue moldeado por marcos operacionales heredados, es necesario revisar qué tácticas del pasado siguen siendo válidas en lugar de asumir una ruptura total con la doctrina existente. De ahí emerge una combinación deliberada de medios antiguos y elementos nuevos asequibles, en un campo de batalla que se compone de amenazas en trescientos sesenta grados y donde el alistamiento exige sostenibilidad real respaldada por una base industrial resiliente, distribuida y dispersa.

La integración de capacidades nuevas en sistemas existentes transforma, además, la naturaleza misma de la decisión de mando. El comandante dispone hoy de un panorama de situación prácticamente total gracias a información compartida en tiempo real, lo que comprime el ciclo de decisión y exige una integración profunda de los medios bajo mando y control unificado. Ese cambio no se resuelve solo con tecnología, sino con un esfuerzo organizacional centrado en personas, estructura y entrenamiento, donde el desafío es adaptar el nuevo material a la cultura y al modo de operar propios antes que copiar soluciones ajenas sin ese trabajo de traducción.

El marco que organiza esta integración concibe el poder de combate como resultado de tres componentes igualmente decisivos: las personas, los datos y las máquinas, donde el dato multiplica la letalidad y la velocidad de la red determina quién retiene la iniciativa. Esta lógica ya produce efectos concretos en el terreno, donde la transparencia del campo de batalla genera zonas de alta letalidad cercanas a la línea de contacto y donde la adaptación rápida de procedimientos, antes que la sofisticación de una plataforma aislada, es lo que define qué fuerza prevalece.

La letalidad, en consecuencia, deja de entenderse como un atributo de plataforma para concebirse como una propiedad del sistema, resultado de capas combinadas de supervivencia y efecto sostenibles a lo largo de un conflicto prolongado. Bajo esa lógica, unidades más pequeñas y en red pueden ser más capaces que plataformas tradicionales de mayor tamaño, y existe además una compensación gestionable entre el combate cercano y el profundo, en la medida en que es posible moldear las condiciones del primero mediante ataques en el segundo.

3.5 La industria como base material de la disuasión

La regeneración de poder de combate es, ante todo, más un problema de política pública que uno de carácter técnico, porque una fuerza puede transformarse conceptualmente, pero esa transformación no resistiría el esfuerzo de la guerra si no puede producirse y sostenerse al ritmo que exige un conflicto mayor. La disuasión se reformula, entonces, como una función directa de la agilidad industrial, la cual se entiende como un ecosistema completo capaz de abastecer y sostener un conflicto de gran escala, lo que incluye la formación de talento como insumo crítico y escaso. Esta agilidad exige un cambio cultural y de procedimientos que se propague a todos los niveles de la organización y no solo a unidades piloto que testean las nuevas tecnologías, ya que la velocidad de adaptación, y no la sofisticación puntual, determinará qué fuerza prevalecerá.

La dimensión digital refuerza esta misma lógica al volver la protección cibernética una condición operativa y no un complemento opcional, en tanto cualquier sistema de combate conectado en red es tan vulnerable como el eslabón menos protegido de su cadena. Esto traslada a la industria una exigencia adicional: diseñar resiliencia frente a amenazas cibernéticas y cinéticas desde el origen y no como una capa añadida posteriormente, lo que confirma que la industria de defensa no puede seguir entendiéndose como un proveedor externo, sino como parte constitutiva del poder de combate.

Sin embargo, en la conferencia se evidenció la persistencia de una tensión relevante entre el discurso y el financiamiento, ya que la industria solo invierte cuando percibe demanda real y sostenida y no meramente declarativa. Esto se agrava ante la exigencia, por un lado, de reconstruir cadenas de suministro que no dependan de proveedores potencialmente adversarios y, por otro, de avanzar hacia un modelo de asociación genuina entre industria y fuerzas armadas, en contraste con modelos de control centralizado y verticales, desde lo superior a lo inferior, que, aunque logran escalar producción mediante ingeniería inversa intensiva, no constituyen un ecosistema resiliente ni replicable para Occidente. La consistencia gubernamental sostenida y la resolución de las vulnerabilidades clave en las propias cadenas de suministro son las condiciones mínimas para que la base material respalde efectivamente la disuasión.

4. Implicancias para las Fuerzas Armadas; especialmente, el Ejército de Chile

El diagnóstico que atraviesa toda la conferencia plantea una pregunta directa para el Ejército de Chile: ¿El estándar de alistamiento vigente corresponde a una condición permanente o todavía a una aspiración progresiva? La idea de estar listos para combatir esta misma noche exige revisar si el modelo chileno de generación y sostenimiento de fuerzas está diseñado para responder de inmediato ante una contingencia, o si conserva una lógica secuencial donde el alistamiento se construye por etapas durante la crisis. Además, es necesario examinar si la estructura de fuerza chilena actual sería suficiente frente a un escenario de mayor intensidad, o si requiere una renovación genuina y no solo ajustes incrementales. La dimensión de movilización añade otra capa a esta reflexión, en tanto el costo político y social de sostener una fuerza ampliada en el tiempo, discutido en la conferencia tanto desde el caso ruso como desde el ucraniano, plantea para Chile la pregunta sobre qué mecanismos de generación de fuerzas y de reservas existen hoy y qué tan preparados están para escalar ante una crisis prolongada.

Los modelos 20:40:40 y “personas-datos-máquinas” ofrecen una perspectiva particularmente relevante para un ejército de tamaño medio como el chileno, ya que no dependen de una escala de fuerza masiva, sino de un diseño inteligente del sistema. La lógica de combinar plataformas tradicionales con medios baratos y consumibles les permite a fuerzas con recursos limitados generar letalidad relevante sin necesidad de igualar el volumen de un adversario de mayor tamaño; siempre que exista la capacidad de conectar esos sistemas dentro de un ciclo de decisión ágil. De igual forma, el modelo de “personas-datos-máquinas” traslada el centro de la ventaja competitiva desde la cantidad de plataformas hacia la calidad de la integración entre el soldado entrenado, el dato disponible y el sistema no tripulado, lo que ofrece una forma de modernización menos dependiente del gasto en grandes plataformas y más orientada a la velocidad de iteración y a la formación de capital humano técnico.

La dimensión industrial y de talento constituye, probablemente, la brecha estructural más exigente para el caso chileno. Durante la conferencia se hizo evidente que ninguna transformación doctrinal o de diseño de fuerzas resiste la prueba de un conflicto si la base industrial no es capaz de producir y reabastecer al ritmo requerido; ciertamente, esa estructura debe entenderse como parte constitutiva del poder de combate y no como un proveedor externo. Desde luego, Chile no cuenta con un complejo industrial de defensa de la escala de los actores europeos discutidos en la conferencia, lo que plantea la necesidad de definir con claridad qué capacidades críticas debe sostener o producir de forma autónoma el país y cuáles puede asumir mediante asociaciones externas, evitando la dependencia de proveedores cuya disponibilidad podría verse comprometida en un escenario de crisis. Ahora bien, la formación y retención de talento técnico, señalada repetidamente en la conferencia como insumo crítico y escaso, plantea además una interrogante sobre el vínculo entre el Ejército, la academia y la industria nacional, en línea con el modelo de colaboración entre universidades y defensa mencionado durante la conferencia.

Finalmente, la problemática planteada en el cierre de la conferencia, sobre si el ejército que se diseña es el que la nación necesita o el que la propia institución prefiere construir, resulta directamente aplicable al caso chileno. Esa pregunta exige distinguir entre la modernización que responde a una lectura actualizada de amenazas y escenarios de empleo de la fuerza y la modernización que simplemente reproduce inercias institucionales o prioriza plataformas heredadas por tradición antes que por necesidad operativa. Aplicar esa misma disciplina de autoevaluación al Ejército de Chile implica preguntarse con la misma honestidad que exigió la conferencia para el caso británico, si las decisiones de diseño de fuerza, alistamiento e inversión industrial responden hoy a la amenaza y al interés nacional reales o a la inclinación a mantener un statu quo que los conferenciantes, en su conjunto, advirtieron como insuficiente frente a los desafíos del presente. Es evidente que para lo anterior se requiere un proceso de reflexión estratégica permanente, tanto de manera conjunta como en cada una de las instituciones de la defensa.

5. Conclusiones

La RUSI Land Warfare Conference 2026 confirmó que el poder terrestre vuelve a ocupar un lugar central en la disuasión occidental, por razones que van más allá de la tecnología o la doctrina. Son las fuerzas terrestres las que conquistan y mantienen el territorio, y por esa vía hacen posible la obtención del objetivo político de la guerra, lo que las convierte en el componente irreemplazable de cualquier postura disuasiva. Esta centralidad se expresa hoy en la exigencia concreta de estar preparados para combatir esta misma noche, estándar que la conferencia planteó desde su apertura y que organizó el contenido de todas sus sesiones. Esta exigencia se resuelve con una transformación simultánea en varios planos, desde el diagnóstico estratégico hasta el diseño de fuerza, la integración de capacidades nuevas con sistemas existentes y la base industrial que sostiene todo lo anterior.

La conferencia enfatizó que la ventaja ya no se mide por el tamaño de la fuerza heredada ni por la sofisticación aislada de una plataforma, sino por la velocidad con que una fuerza puede rediseñarse, integrarse en sistemas y reabastecerse antes que el adversario. Esa lógica resulta especialmente relevante para un ejército de tamaño medio como el chileno, en la medida en que modelos como el 20:40:40 o el “personas-datos-máquinas” ofrecen una vía de modernización que depende de diseñar con inteligencia la arquitectura de los sistemas de combate.

La pregunta que cerró la conferencia, sobre si el ejército que se construye es el que la nación necesita o el que la propia institución prefiere, queda como el desafío de fondo para cualquier fuerza terrestre que aspire a una disuasión creíble. Para el Ejército de Chile, esa pregunta exige el mismo ejercicio de honestidad estratégica que recorrió toda la conferencia.

ALEJANDRO AMIGO
Investigador senior AthenaLab

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