En el marco de un seminario sobre crimen organizado y seguridad pública celebrado recientemente en Santiago, dos generales con trayectorias excepcionales en la gestión de la seguridad nacional expusieron sus visiones ante una audiencia de autoridades, académicos y expertos. El General Miguel Ángel Ballesteros Martín, quien dirigió el Departamento de Seguridad Nacional de España entre 2018 y 2023, y el General Óscar Naranjo Trujillo, ex Vicepresidente de Colombia entre el 2017 y 2018 y ex Director de la Policía Nacional de Colombia, reconocido experto en seguridad regional; ofrecieron perspectivas complementarias que, pese a provenir de contextos distintos, convergen en un diagnóstico común. Sus mensajes son especialmente relevantes para Chile, un país que enfrenta hoy una crisis de seguridad pública que hasta hace unos años habrían parecido impensables.
El fin de los compartimentos estancos
El primer punto de convergencia entre ambos generales es también el más estructural. Tanto el General Ballesteros como el General Naranjo sostienen que la arquitectura tradicional de la seguridad, aquella que separaba con nitidez la seguridad nacional de la interior, la pública y la ciudadana, ya no es funcional frente a las amenazas del presente.
El General Ballesteros ilustra esta transformación a partir de una lección concreta de la pandemia. España catalogó el COVID-19 como un riesgo, no como una amenaza, y esa distinción operativa tuvo consecuencias reales en la asignación de recursos y capacidades de respuesta. La enseñanza que extrae es inequívoca: cuando los riesgos pueden causar el mismo daño que las amenazas intencionales, mantenerlos en categorías separadas es un error estratégico. La Estrategia de Seguridad Nacional española de 2021 eliminó esa separación, integrando bajo un mismo marco 16 ámbitos que van desde el terrorismo y la ciberseguridad hasta las campañas de desinformación y la seguridad económica.
El General Naranjo llega al mismo punto desde la experiencia latinoamericana. El crimen organizado transnacional, señaló, ya no respeta las fronteras institucionales que los Estados construyeron en otro contexto histórico. Un fenómeno que afecta simultáneamente la seguridad, la economía, la gobernanza y la cohesión social no puede ser gestionado desde un solo ministerio ni desde una sola lógica institucional. La respuesta debe ser igualmente transversal.
La arquitectura institucional como condición estructural
Si el diagnóstico es compartido, la prescripción también lo es. Ambos generales coinciden en que enfrentar estas amenazas requiere sistemas de seguridad nacional integrados, con capacidad de coordinación real entre múltiples actores del Estado.
El General Ballesteros describe con precisión cómo funciona ese sistema en España. En la cúspide, el presidente del gobierno, asesorado por un Consejo de Seguridad Nacional compuesto principalmente por ministros. Debajo, un Comité de Situación de carácter ejecutivo y una célula de coordinación interministerial, la CELCOR, que opera en tiempo real durante las crisis, reuniéndose diariamente a través de canales seguros cuando la situación lo exige. El ejemplo que ofrece es revelador: cuando Rusia desplegó 130.000 efectivos en la frontera ucraniana en diciembre de 2021, España no esperó a que ocurriera lo peor. Activó su célula de coordinación, construyó cinco escenarios posibles y preparó respuestas para cada uno. Cuando la invasión se produjo el 24 de febrero de 2022, el Estado español ya tenía equipos de trabajo activos en ciberseguridad, acogida de desplazados, supervisión de sanciones y seguridad energética. La anticipación, en su visión, no es predicción sino preparación estructurada frente a la incertidumbre.
El General Naranjo añade una dimensión que Ballesteros no desarrolla con la misma centralidad. Sin integridad institucional, ninguna arquitectura funciona. Nombrar la corrupción, visibilizarla y enfrentarla sin temor no es un acto de debilidad sino una condición de posibilidad para cualquier estrategia de seguridad. Las instituciones corruptas no solo fallan, sino que se convierten en vectores de penetración del propio crimen que deben combatir. “Tener la casa en orden” es, en su formulación, el prerrequisito de todo lo demás.
La inteligencia como ecosistema
Un tercer eje de convergencia es el papel de la inteligencia. Ambos generales rechazan implícitamente el modelo de inteligencia como monopolio estatal cerrado y proponen en su lugar una lógica de ecosistema.
El General Ballesteros muestra cómo ese ecosistema opera en la práctica. La anticipación ante la crisis ucraniana no fue obra de un servicio de inteligencia actuando en solitario, sino de un sistema de análisis que cruzó información confirmada de múltiples fuentes y la tradujo en escenarios accionables para distintos ministerios. La inteligencia, en ese modelo, es un insumo para la toma de decisiones colectiva, no un producto reservado para unos pocos.
El General Naranjo va más lejos en la formulación conceptual. Sostiene que el secreto como valor fundante de la inteligencia es hoy un error. La información debe fluir entre naciones, instituciones, academia, centros de pensamiento y empresa privada. El crimen organizado opera en red y sin fronteras, y enfrentarlo con sistemas de inteligencia compartimentados y celosos de su información es una asimetría que favorece al adversario. La cooperación internacional en inteligencia, agrega, no es una concesión de soberanía sino un imperativo estratégico en un mundo donde las amenazas son transnacionales por definición.
Implicancias para Chile
Los mensajes de ambos generales adquieren una dimensión particular cuando se leen en el contexto chileno. Chile, que durante décadas fue visto como una excepción en materia de seguridad en América Latina, enfrenta hoy una crisis que sus propios indicadores reflejan con crudeza. Según la encuesta AthenaLab-Ipsos de 2025, el 81% de la ciudadanía y el 94% de los expertos identifican al narcotráfico y el crimen organizado como las amenazas más graves para la seguridad nacional, cifras que han aumentado de manera sostenida desde 2020.
Frente a ese diagnóstico, las lecciones de Ballesteros y Naranjo apuntan en una dirección clara. No basta con decisiones políticas sectoriales ni con reforzar capacidades policiales de manera aislada. Lo que se requiere es una transformación de la arquitectura institucional de la seguridad, que integre actores, coordine ministerios, comparta inteligencia y opere con anticipación en lugar de reacción.
AthenaLab ha trabajado precisamente en esa dirección. Hemos desarrollado propuestas concretas en los tres ejes que ambos generales identifican como centrales. En materia de arquitectura institucional, ha propuesto el establecimiento de una Arquitectura de Seguridad Nacional, con una secretaría técnica permanente y un asesor de seguridad nacional de exclusiva confianza del presidente de la República. En el ámbito de la inteligencia, ha planteado los componentes esenciales de un sistema nacional moderno, que equilibre la necesidad de reserva con la de compartir información entre instituciones, incorpore capacidades de inteligencia artificial y fortalezca la cooperación internacional. Y en seguridad pública, ha fundamentado la necesidad de una Estrategia Nacional contra el Crimen Organizado que abandone la lógica reactiva y adopte un enfoque sistémico de Estado. Que dos generales con experiencia directa en la gestión de estas crisis lleguen a conclusiones tan cercanas a las que AthenaLab ha venido desarrollando no es una coincidencia, sino una señal de que el camino está trazado. Lo que resta es la voluntad de recorrerlo.
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